1984 vs Mundo Feliz – De dictaduras y democracias de zombis

Los mundos distópicos descritos por George Orwell y  Aldous Huxley en sus respectivos libros 1984 y Un Mundo Feliz (una falsa utopía), son dos formas diferentes,  pero posiblemente relacionadas en algún punto, que muestran como nuestro mundo puede llegar a evolucionar de acuerdo a las pautas que da la naturaleza humana, la misma que nos convierte a cada uno de nosotros en seres grises, llenos de matices, llenos de complejidades y de contraposiciones, mientras hacemos de la Humanidad y el planeta Tierra una mezcla constante de paraíso e infierno, de maldad y bondad, de avance y retroceso, de inteligencia y estupidez, de salud y enfermedad, de luz y oscuridad. Ciertamente las utopías como destino final del ser humano son mucho menos probables que las distopías, y no porque se tenga una visión pesimista, sino porque en un mundo utópico, la naturaleza humana no tiene cabida… ni siquiera los animales podrían vivir en un mundo utópico pues la propia Naturaleza ha dispuesto que existan los depredadores y depredados; el sufrimiento de algunos seres para que otros sobrevivan y “dominen” parece algo intrínseco y muy difícil de cambiar en la propia madre Naturaleza.

¿Qué destino sería más probable para la Humanidad? ¿El de 1984? ¿El de Un Mundo Feliz? ¿Una mezcla de los dos? ¿Los dos simultáneamente pero en sitios separados? O… ninguno…  ¿antes de eso nos destruiremos en una guerra nuclear (el más extremo de posibles escenarios futuros)?

 

1984_un_mundo_feliz1984_un_mundo_feliz_21984_un_mundo_feliz_3Para tratar de adivinar (sin ningún tipo de certeza), podríamos analizar el desarrollo de la Democracia, que supuestamente es la forma actual de gobierno más justa en donde, presumiblemente, las libertades civiles se respetan mientras que el gobierno es simplemente una representación ejecutiva y legislativa de los intereses de la mayoría. La Democracia aplicada en el 100% de los países debería, en teoría, evitar que llegáramos a un mundo distópico como los descritos en aquellos libros.

Cada año, en los primeros meses, es publicado el reporte del Índice de Democracia de la Unidad de Inteligencia de la conocida revista The Economist, en donde se califica la situación de la Democracia en el mundo país por país. Dicho reporte (entre otros) nos muestra la penosa situación política del mundo, en donde a pesar de la globalización, la sofisticación tecnológica y la sabiduría que debería haber acumulado la raza humana en este momento de la historia, pululan aún una gran cantidad de dictaduras, tiranías y Estados fallidos. Sólo una veintena de países son considerados democracias plenas, mientras que el resto son democracias a medias o, los peores casos, tienen gobiernos tiranos que simulan ser demócratas -con elecciones de chiste (como el caso de Rusia gobernada hace más de 15 años por Putín, el envenenador de opositores)- o simple y llanamente dictaduras declaradas (como China gobernada por una élite de autoritarios comunistas que son muy abiertos, liberales y capitalistas en lo económico mientras continúan su reinado represivo en lo político, como buenos hipócritas. Para desgracia del planeta, ya son prácticamente los amos del mundo en materia comercial).

Poniendo las cosas en blanco y negro, diríamos que el mundo se divide en dos: Los países democráticos (los escandinavos en los primeros lugares) y los no democráticos (Corea del Norte es tal vez el caso más crítico).

Pero, en realidad hay muchos matices en la Democracia.

Ahora bien, lamentablemente, una concepción perfecta de la Democracia siempre se estrellará contra la naturaleza humana. Esa forma de gobierno en donde el pueblo es el que supuestamente manda, siempre tendrá fallas a menos que nos convirtamos todos en autómatas programados para respaldar todo el tiempo lo que beneficia a la mayoría sin pensar de manera egoísta en el interés propio. O, en su defecto, necesitaríamos un sistema judicial perfecto con impunidad nula, en donde los que traten de tomar ventaja del sistema fueran siempre descubiertos y justamente castigados. En la práctica, ni lo uno ni lo otro es viable al 100% al depender todos los sistemas políticos, sociales y judiciales de los propios humanos con sus errores, prejuicios y egos.

Por esa razón, la Democracia no se salva de la manipulación y del juego natural entre los depredadores y los depredados. Las complejidades del ser humano con un amplio abanico de emociones, virtudes y defectos, nos encaminan casi inevitablemente hacia un mundo distópico, incluso en las Democracias.

En los llamados países democráticos, si bien aquella distopía de Orwell -con un sistema dictatorial y represivo donde pulula el miedo a ser castigado por las autoridades- pareciera alejarse en teoría, el Mundo Feliz de Huxley toma cada vez más vuelo cuando se trata de convertir a los ciudadanos en una especie de zombis dominados por la Cultura Pop, el consumismo idiota y el ensalzamiento de la frivolidad y la estupidez. Lo más triste es que muchos ciudadanos se quieran volver zombis voluntariamente al sucumbir a la presión social y a las técnicas de marketing y publicidad que buscan maximizar ganancias para corporaciones, transformando sutil y gradualmente a la Democracia en una corporocracia (o corporatocracia). Es lo que convierte frecuentemente en estos días a una afición inocente pero frívola y muy irrelevante (por ejemplo el juego aquel de Pokémon Go) en titulares de algunos noticieros, como si no pasaran cosas más importantes y relevantes en el mundo.

Estados Unidos es, sin lugar a dudas, la Democracia más huxleyana hoy en día.

Por otro lado, las élites de países no tan democráticos (o abiertamente autoritarios) tratarán de emular para su provecho, hacia el futuro, una distopía más orwelliana. ¿Qué no darían los gobernantes de esos países por poder observar y escuchar a sus ciudadanos las 24 horas del día, manipular el lenguaje para condicionar el pensamiento y doblegar la voluntad de sus ciudadanos a los que permanentemente se les intenta lavar el cerebro o a los que simplemente se les calla y controla por medio de la amenaza constante (sea sutil o violenta)?

A medida que la tecnología de la información centrada en Internet se siga sofisticando, las élites (tanto las orwellianas como las huxleyanas) tendrán más armas de control y doblegación para seguir implantando su agenda distópica con el objetivo de reinar en un planeta lleno de idiotas  felices en algunas partes y oprimidos doblegados por el miedo en otros.

Escaramuzas contra esto por medio de alguna oposición ciudadana siempre habrá, porque eso hace parte también de la naturaleza humana. Pero el poder de algunas élites se está tornando tan inmenso actualmente que tal vez hasta a Dios (eso creerán ellos algún día) le costará trabajo enfrentarlas.

¿Podrían sobrevivir esos dos mundos distópicos simultáneamente? ¿Se enfrentarían? ¿Tendrían las diferentes élites un pacto de no agresión? O, vuelvo a preguntar, ¿nos destruiremos más pronto que tarde con bombas nucleares y de esa manera regresaremos a la prehistoria para volver a empezar?