De deportes y “entretenimiento”. Distracción empaquetada.

En pocos días estará iniciando una nueva versión del Mundial de Fútbol de la FIFA en Brasil, evento que acapara la atención de la gente en muchos países, especialmente en aquellos donde su selección ha logrado clasificar al torneo que se celebra cada 4 años. Estaremos pues en unas semanas, como sucede también con los Juegos Olímpicos, rodeados de un fervor deportivo que invade las horas del trabajo y en algunos sitios, debido a su posición geográfica, también las horas del sueño.

Recuerdo, en mi adolescencia, el fervor con el que personalmente viví el mundial de Italia en 1990 y la primera ronda del mundial de Estados Unidos de 1994. Un fervor que me acompañaba todo el día recibiendo la información a través de la radio, la televisión y los periódicos. La selección de mi país participó en dichos eventos. Y también recuerdo muy bien la gran tristeza que me embargó, al punto tal de casi no poder controlar las lagrimas, cuando fue eliminada en 1990 en la segunda ronda por Camerún, o cuando hizo un desastroso papel en Estados Unidos después de ser, supuestamente, una de las selecciones favoritas para ganar el evento.

Pero el mismo año de 1994, mi pasión por el fútbol acabó repentinamente con un horrible episodio: Un jugador de fútbol de la selección de mi país que había marcado un autogol, fue asesinado. Y no, no fue un hecho inconexo. Desde aquella vez, aunque he visto uno que otro partido en esos eventos, la verdad es que me importa muy poco y me aterra (y a veces me asquea) el grado de apasionamiento que muchos hinchas de este deporte sienten. Apasionamiento que algunas veces termina en episodios muy violentos en estadios e incluso ha cobrado vidas. En serio, ¿es tan importante -en las patéticas vidas de estos seres- algo tan baladí como para matar o buscar la muerte?

Esos eventos deportivos transmitidos a través de los grandes medios de comunicación son sólo una parte de lo que se denomina muy apropiadamente el entretenimiento. De eso hace parte probablemente alrededor del 80% de lo que recibimos como “información” a través de la televisión, la radio y los medios impresos. De eso hace parte la multimillonaria industria de música comercial, la industria de los blockbusters del cine (en su mayor parte), la publicidad para masas, la industria de la moda y por supuesto toda esa parafernalia “deportiva”.

Ah, Internet, por supuesto, está llena de entretenimiento. De todo tipo. Desde el más inocente hasta el más degenerado.

El entretenimiento nos entretiene. Claro. ¿Y que hay de malo en entretenerse? Nada, por supuesto. Si se mantiene en los límites de lo que debe ser: Un catalizador para el balance personal, pero al que no le concedemos demasiada importancia puntual. Algo que no tenga ni la mas mínima posibilidad de afectar nuestras vidas de una manera tan importante (bueno, salvo que nuestro trabajo esté relacionado justo con la industria del entretenimiento, pero eso es otra cosa). Por ejemplo, el sano entretenimiento no tiene por qué provocarnos emociones persistentes más allá de la alegría temporal de unos cuantos minutos u horas porque nuestro equipo ha marcado un gol, nuestro canción favorita suena en la radio o porque algún programa de TV nos robe una sonrisa.

El problema está en que la industria del entretenimiento se ha convertido desde muchas décadas (particularmente desde que se masificó la TV) en un forma de alienación mental. De atontamiento. Y como la propia palabra lo indica (ENTRETENIMIENTO), de entretenernos con estupideces para que nuestro cerebro se ocupe de banalidades que no tendrían demasiada importancia en una vida plena… entretención con frivolidades que poco o nada aportan al desarrollo personal.

¿Es esto hecho a propósito? Claro que si. Y no sólo porque las industrias del entretenimiento quieren seguir facturando sumas multimillonarias gracias a quienes consumen sus productos. La industria del entretenimiento en si es una herramienta de poder. De alienación. De distracción. “Pan y circo” dicen algunos… pero ahora el circo es mucho más prioritario.

En un mundo lleno de problemas económicos, políticos y sociales, el entretenimiento es demasiado útil para los que quieren conservar el statu quo. La mayor parte del tiempo nuestra mente es un hervidero de pensamientos. Ocupar la mente de los gobernados es una gran forma de evitar que haya planes que deriven en acciones que cambien el poder de unas manos a otras o que sencillamente haya más equidad. Mantener a la mayor cantidad de gente ocupada sobreviviendo ya sea consiguiendo recursos para vivir, ya sea pagando aquellas deudas en las que incurren para comprar cosas que muchas veces no necesitan pero cuyas necesidades se crean de manera cultural. ¿Pero qué pasa con el tiempo libre? ¿Qué pasa con esos momentos que deberían ser aprovechados para el desarrollo personal, para aprender, para filosofar, para pensar? ¡Dios no permita que las masas piensen por si mismas! Por eso, incluso, hay que ocuparse del tiempo libre de esas masas. Hay que instruirlos para hacerlos pensar lo que se quiere que piensen o, en su defecto, para ocupar sus mentes con banalidades e ídolos mediáticos a  tal punto que se puedan tocar sus emociones de una manera profunda.

Los medios de comunicación son la vía. Y la industria del entretenimiento fabrica los productos destinados a ocupar el tiempo que de otra manera podría estar disponible para pensar, para discernir, para filosofar, para aprender cómo se puede construir un mundo más justo o una vida más plena. ¿Logra su objetivo el “entretenimiento”?  No lo dudo. De hecho, muy seguramente, aprender, pensar, discernir y filosofar  son verbos aburridísimos  para la gran mayoría de la gente. Es más divertido entretenerse. ¿Para qué amargarse? La vida es una sola… dicen.