Desconexión del sistema: Una opción cada vez más racional – Outsiders

Con el correr de los tiempos, la mayoría de los seres humanos se están alejando cada vez más de la sincronía natural al imponérseles ritmos artificiales con el propósito de maximizar resultados en conceptos que, aunque subjetivos, son incluso modelados con fórmulas matemáticas inventadas por nosotros mismos como si se tratara de la ley de la gravitación universal. Me refiero a aspectos como “productividad”, “eficiencia”, “ganancia”, etc. Y al llevar esto a límites extremos, nos hemos ido convirtiendo en una sociedad absurda compuesta por una mayoría de personas que gastan mucho de su vida absurdamente (y a veces con una angustia casi permanente). Por esa razón, tratar de desconectarse gradualmente del sistema económico, político e incluso social, nos parece a algunos una opción cada vez más racional en medio de  tanta locura colectiva donde pareciera que el fin último es convertir al ser humano en una simple máquina de producción – consumo.

No hay que negar que nuestra civilización actual (aunque aún persiste demasiada violencia, explícita o reprimida) tiene ventajas en comparación con el mundo antiguo: La electricidad, Internet, el agua potable directamente en nuestras casas, el gas, la comunicación instantánea, etc. Aún así, las dinámicas económicas de dicha sociedad, hacen que el costo que pagamos por vivir de la manera que se considera “normal” sea bastante alto en términos de desarrollo personal integral: Pareciera que viviéramos en medio de una forma soterrada de esclavitud que va aniquilando con los años el alma de los seres humanos al punto tal que en este mundo moderno muchas veces anteponemos la materia sobre el pensamiento, o peor aún, sobre aquel concepto que debería unirnos a todos para buscar colectivamente vivir más felices, eso que llamamos “Humanidad” y que no se puede medir sólo en términos de productividad al ser algo mucho más trascendental.

Personalmente (y como probablemente le pasa a mucha gente), a veces he sentido aquella sensación de enajenación, de no pertenecer a esa sociedad absurda, de sentirme obligado a ser alguien que no quiero ser debido a un peso en la espalda de unos “deberes” que nos inculcan incluso desde los primeros años de escuela; una especie de adoctrinamiento más para volvernos productivos consumidores que buenas personas. No importa que se nos vaya la vida trabajando para pagar cuentas, o viviendo en ciudades llenas de frialdad y agresividad reprimida, o tolerando injusticias de la clase dirigente una y otra vez.

Admiro a aquellas personas irreverentes que han tenido el valor de volverse outsiders renunciando a la estupidez colectiva y tratando de construir un mundo individual lo más separado posible de aquella “matrix” donde lo más importante parece ser la materia. Para algunos gobernantes, supuestos líderes de opinión y grandes emporios económicos, aquellas personas pueden llegarse a convertir en una terrible amenaza (casi como los “malpensantes” orwellianos).

 

Hace poco leí un par de noticias que me llamaron mucho la atención: En Estados Unidos un hombre fue arrestado por almacenar una gran cantidad de agua lluvia en unos tanques debido a que la lluvia es considerada un “bien público” y no se puede acaparar (léase: es delito buscar alternativas para pagar menos por el servicio de acueducto) y en España, aunque con poca probabilidad de ser aprobada por el momento, se estaba estudiando una ley para multar o grabar con impuestos extras a las personas que se atrevan a instalar paneles solares con el fin de autoabastecerse de electricidad en sus casas (¿también van a impedir que inflemos globos porque acaparamos el aire?).

Repetidamente, los outsiders son vistos como personas extrañas y locas por el típico ciudadano de clase media. Pero creo que lo que en realidad pasa es que causan miedo entre esa gente: Nos muestran lo absurdo del sistema actual donde hipotecas tu vida para conseguir una casa, un carro o, en ocasiones, un título profesional en una universidad privada y prestigiosa que te deja endeudado los siguientes 20 años; nos dicen (sin palabras) que nos están obligando a convertir nuestras valiosas vidas en algo insignificante, sin sentido y sutilmente esclavizado… y eso causa indignación, angustia y terror entre las personas “normales” que se esfuerzan por ser ciudadanos promedio políticamente correctos (o al menos aparentarlo) con sus corbatas y relojes despertadores que los levantan cada mañana a cumplir con su papel de productivos consumidores como parte activa de un sistema frío y materialista para el cual somos simples peones de un ajedrez económico. Esas personas, por supuesto, no quieren reconocer esa horrible verdad, especialmente porque una solución real o tratar de transformar el sistema es una labor quijotesca. Por eso, para los demás es más cómodo ver a los outsiders como simples locos, marginados o perdedores.

Hay varias clases de outsiders o intentos de serlo: Por ejemplo, tenemos al monje ermitaño cuya motivación se apoya en la religión o espiritualidad; el indigente urbano que realmente no es un outsider sino un marginado por distintos motivos (miseria, indefensión, drogadicción), que sin embargo no puede desconectarse del sistema porque cree que no es capaz de vivir sin el y por eso ni siquiera tiene el valor de dejar de vivir en las grandes ciudades cuando le convendría más hacerlo en un pequeño pueblo o en el campo; el “orate” que decide un buen día alejarse de todo y de todos para irse a vivir al bosque o como un campesino (algunos terminan “recapacitando” y otros jamás vuelven a la sociedad urbana).

Y hay un tipo que me resulta bastante atractivo: El outsider light o “conspirador”. Aquel que se revela secretamente contra la sociedad y construye mentalmente su propio mundo con sus propias reglas pero no se desconecta del todo por conveniencia, y su objetivo es aprovecharse del sistema de manera creativa  imponiendo soterradamente sus propios valores y reglas con el objetivo de llegar, en algún momento, a un punto de relativa libertad donde nadie le tenga que ordenar que hacer, y sin depender tanto de un sistema político y socio-económico que secretamente desprecia (algunos pocos realmente lo logran, la mayoría sólo de manera parcial, y otros más terminan volviéndose delincuentes al ir demasiado lejos).

Salirse de la matrix es cada vez más racional. Se puede empezar con cosas prácticas y que sin embargo causan poco trauma a los que nos cansamos de vivir rodeado de tanta absurdez. Por ejemplo, dejar de endeudarse para comprar tonterías innecesarias es algo muy racional a pesar de que a la gente normal le parezca raro porque la norma sea vivir al día para pagarse un “estilo” de vida lleno de cosas materiales que realmente no necesitamos y cuyo único propósito pareciera ser elevarnos el ego al impresionar a personas que muchas veces ni siquiera nos importan lo suficiente.

Creo que ser un outsider es en últimas lo más inteligente en estilos de vida. Me llama mucho la atención.