Divagando (e inventando) sobre la vida y la muerte. El contrato.

Para algunos esta vida es todo lo que hay y, cuando morimos, morimos en serio; no es un amague, la muerte es total. No hay más nada.

Para otros la muerte es el fin de esta vida pero en últimas no es un más que un simple cambio de estado y nivel. Sólo morimos aquí en este mundo y pasamos a vivir en otro “lugar” en donde se nos compensa eternamente de acuerdo a lo que hicimos cuando estábamos acá (después de una especie de juicio). O sea castigo y recompensa eternos. Me parece que nadie podría explicar como funcionaría el concepto de Tiempo en ese nivel para entender lo que sería la supuesta eternidad (¿en la eternidad también hay días con un número determinado de horas?).

Para otros más, la muerte es sólo un reinicio. Una parada técnica para volver a empezar. Una reencarnación en otro ser del mismo o diferente tipo nos aguarda, con circunstancias y detalles que dependerán de nuestro karma. En este caso, realmente la muerte como fin definitivo de la vida no existe.

Yo me puedo inventar mi propia teoría. Igual, si en este asunto nadie puede probar nada de lo que cree, ¿que más da si me invento algo en que creer? Y además,  ¿para que creer en algo impuesto por una religión o alguien más cuando uno mismo puede inventarse lo que se le dé la gana? Nuevamente, ni lo uno ni lo otro puede probarse. Así que cualquier creencia tiene exactamente el mismo valor en términos prácticos.

Entonces, yo me inventé mi propia creencia. Y se llama El contrato.

Pues bien, cuando pienso en el misterio del significado de la vida y la muerte, lo asumo como una especie de contrato, parecido a los que firmamos aquí en la Tierra para hacer negocios o formalizar asuntos legales. Necesito partir de algo terrenal para que mi mente no explote al crear mi propia creencia.

Me imagino un contrato firmado “espiritualmente” (sea lo que sea que signifique eso) antes de iniciar la vida. Y el contrato tiene objetivos. Y el fin supremo del contrato es siempre el aprendizaje, ya sea el nuestro o el de otros a través nuestro.

El medio por el cual se ejecuta el contrato es lo que llamamos ser vivo, una instancia de nuestro espíritu necesaria para desempeñarse en esta vida. La instancia está compuesta por un  alma (emociones), una mente (pensamientos) y un cuerpo (sensaciones físicas). Vendría siendo como un avatar. Algunos avatares son animales y otros son personas. No voy a enredarme ahora explicando de lo que depende que seamos animales o personas en la Tierra, principalmente porque no me he dedicado lo suficiente a pensar en esa parte.

El contrato está regulado por un factor muy importante en esta realidad tridimensional (3D) en la que vivimos: TIEMPO. De hecho, el Tiempo es una dimensión adicional “palpable” hasta cierto punto en esta realidad pero una bastante extraña, o al menos no tan compresible para las personas, como lo son las otras tres dimensiones físicas. Las personas pueden medir y sentir las consecuencias del Tiempo, pero decir que los humanos entienden todo sobre el Tiempo es una tremenda mentira. El Tiempo es tan misterioso para nosotros como lo es el mismo significado de la vida. Alterar el Tiempo no es tan fácil como alterar las otras tres dimensiones físicas de un objeto. De hecho, la alteración del curso del Tiempo sigue siendo algo mayormente apoyado en simples hipótesis.

Pues bien, ese contrato de la vida que me imagino, tiene una duración predeterminada en el Tiempo. Una duración que debe ser suficiente para poder cumplir los objetivos y el fin supremo del contrato. La duración del contrato es variable para cada ser vivo, algunos durarán menos de un día, otros más de 100 años. En mi creencia inventada asumo que esta duración predeterminada no debe ser alterada por los seres vivos, porque causaría incumplimiento del contrato (ya este dogma se empieza a poner algo leguleyo). De hecho, en mi teoría sólo las personas tienen la capacidad (mediante el libre albedrío) de alterar la expiración del contrato parcialmente: Sólo pueden cesar la vida del cuerpo (me refiero al suicidio), pero la mente y el alma seguirán en funcionamiento hasta la fecha de expiración predeterminada. El incumplimiento del contrato (de manera física… que sería la única manera posible) tendría entonces consecuencias presumiblemente desagradables para la persona: Seguirá atada a esta realidad limitada y tridimensional pero sin la posibilidad de interactuar físicamente, ya que destruyó intencionalmente a su cuerpo; seguirá produciendo pensamientos y sintiendo emociones pero sin ver, oler, oír, gustar o palpar físicamente; a pesar de no tener cuerpo, seguirá atada a este espacio y al Tiempo  hasta que termine el contrato… pero sin poder interactuar materialmente.

De manera pues que, en mi loca teoría sobre el contrato de la vida, la fecha de nuestra muerte (a menos que sea por suicidio) está determinada incluso desde antes de nacer. Hay cierto nivel de predestinación que involucra relaciones emocionales con otros seres vivos específicos que el destino invariablemente cruzará en nuestros caminos, aunque en últimas nuestro libre albedrío será el que determine qué tan profundo y duradero serán los lazos que nos unirán con aquellos seres en esta vida. Pienso que sería totalmente absurdo que todo estuviera predeterminado por el destino (bueno, la realidad es que tal vez no sea absurdo sino que me parece un poco aburrido). Así que me imagino que nuestras vidas transcurren en una mezcla de predestinación y libre albedrío (y es que hay que ponerle algo de emoción a las creencias que nos inventamos, especialmente si tenemos planeado fundar una iglesia y volvernos ricos cobrando diezmo, aunque no es mi caso).

De esa manera, el contrato le da significado a cada vida. Relevancia. Misión. Objetivo primordial: Aprender o, a veces, facilitar el que otros aprendan.

Y algunos contratos son más difíciles que otros.

Cuando se nos acaba el contrato entonces “morimos” y se evalúa si se cumplió o no con los objetivos. Si no se cumplió o si de alguna forma se degradó la situación de la vida en la Tierra o de otros seres por culpa de nuestra pobre actuación, nos tocaría volver a repetir con un nuevo intento (una nueva vida), y probablemente en esa nueva vida las condiciones serán más difíciles. Pero si cumplimos, entonces nuestra siguiente vida tendría unos condiciones más benignas para seguir avanzando espiritualmente y aprendiendo (o hacer que otros aprendan).

Sí, creo en el karma y en la reencarnación. ¿No sería “lógico” que  hubiera una manera de evaluar, castigar o premiar el desempeño de nuestras vidas? Otra vez, la lógica terrenal es algo difícil de dejar de lado en estos asuntos.

A grandes rasgos, esta es mi loca o tonta divagación sobre la vida y la muerte.  Es claro que realmente no me estoy inventando nada y lo que creo es casi lo mismo que creen muchos que siguen, por ejemplo, a algunas religiones orientales. Igual, tampoco me interesa mucho ser totalmente original (las religiones también se copian mucho las unas de las otras), pero mucho menos me interesa participar en ritos, celebraciones o rezarles a dioses a los que no les encuentro ningún sentido.

Con respecto al tema de Dios pienso muy parecido a los panteístas, o sea que en últimas todo y todos somos parte de Dios. También creo en los ángeles, pues me imagino que debe haber algunos seres que controlen el asunto de los contratos y la predestinación. Después de ver cierta película, yo ahora los llamo “Los Agentes del Destino” (definitivamente no soy nada original). Incluso, de vez en cuando trato de hablar con ellos y pedirles cosas. Y para ser honesto, creo que a veces me han contestado de formas muy contundentes (aunque ese será tema para otro post).

¿Quién es capaz de probar que lo que creo está errado? Pues nadie. Así funcionan todas las religiones; algunas además toman como verdades irrefutables la interpretación (subjetiva) de un libro supuestamente escrito por gente que fue  inspirada por Dios, algo que objetivamente hablando es tan o más loco que mi teoría del contrato.