Economía y grandes robos de la historia – La Gran Recesión

En el año 2007, justo cuando el ciclo económico de muchos países del mundo estaba en una fase de expansión sin precedentes, se comenzaron a escuchar las noticias de una inconsistencia malsana en la economía más importante del mundo: La de Estados Unidos. Los rumores noticiosos sobre las dificultades del sistema financiero por cuenta de apuestas demasiado riesgosas  en el sector hipotecario y con una presión creciente en los costos de las materias primas en el mundo, comenzaron a hacerse cada vez más frecuentes con un halo de miedo al futuro inmediato. Sí, nuevamente el miedo como catalizador de sucesos que de alguna u otra forma siempre terminan favoreciendo a los mismos de siempre.

Cualquier estudiante de economía básica sabe la teoría de los llamados ciclos económicos. Y en términos generales, la economía pura (si le pudiéramos quitar el factor de especulación y engaño) pareciera estar gobernada por fuerzas de la Naturaleza, a la cual le gusta comportarse con ciclos repetitivos y graduales y casi nunca con estallidos espontáneos  y totalmente impredecibles. (Hasta los grandes terremotos pueden necesitar años, incluso décadas, de “incubación”).

Ciertamente, los ciclos económicos en una economía sana deben ser graduales y hasta cierto punto predecibles por las grandes mentes de ese sector. Se sabe que a una fase inicial de inversión -que sólo interesa a los que ven el potencial futuro de algún sector determinado-, si se hace adecuadamente, debe seguir una fase expansiva que incluso llega a causar furor si su impacto es lo suficientemente grande en las masas: Es la etapa de los taxistas con acciones en la bolsa o casos similares y generalmente sucede en la cúspide del ciclo de expansión. Luego sigue una desaceleración natural previsible -que los especuladores adoran-, al “recalentarse” los mercados y formarse burbujas con pocos fundamentos y es cuando se incuban las primeras victimas: La gente codiciosa en extremo o con muy poco conocimiento financiero cuyos “activos” se empiezan a erosionar mientras la euforia disminuye pero su terquedad les hace seguir apostando porque “para qué cambiar algo que me está dando tan buenos resultados” o “que se salgan los perdedores miedosos”. Y luego la fase más difícil de todas: La fase recesiva en donde se pierde el atractivo de la inversión, en parte por las transiciones propias de cualquier sector de la economía conforme nuestra historia va avanzando y muchas veces como una consecuencia de la sofisticación tecnológica; es en esta fase donde las historias tristes comienzan a escucharse y donde los desastres financieros o estallidos de burbujas se vuelven la comidilla de los medios (generalmente con algún avispado intermediario incluido en la historia, el cual, de cualquier manera, ya recibió su pago a manera de comisión).

Luego, en algún punto, (no siempre pero muchas veces) el sector comienza a recuperarse de la mano de la tecnología y nuevas “tendencias del mercado”. Y la historia se repite… más o menos.

Pero en la llamada Gran Recesión (2008-presente) las cosas se salieron del libreto natural. Como ya ha pasado otras veces en la historia. De un ciclo expansivo de euforia con intereses que dieron paso a una especulación exagerada y una aparente gran liquidez que hacia que le dieran crédito incluso a la gente que obviamente no iba a tener con que pagar, se pasó súbitamente a una etapa de temor generalizado y pirámides corporativas que se derrumbaron a la menor inspección de sus fundamentos… dicho temor luego se convirtió en pánico al enlazarlo con un desastre inminente donde se predecía desempleo masivo, deflación y otra gran depresión como en los años 30 antes de la Segunda Guerra Mundial.

Y entonces, ocurre otro de los grandes robos de la historia: Mientras que en un país sensato (o en un planeta sensato para este caso) lo normal sería recurrir a la inversión del estado orientando el gasto público en cosas que generen empleo y al mismo tiempo beneficien a la sociedad (construcción de nueva infraestructura a gran escala, prestamos a pequeños y medianos empresarios con intereses financieros casi nulos, mantenimiento físico de las redes de educación y salud pública, viviendas subsidiadas para los más pobres, mantenimiento de acueductos y alcantarillados, programas sociales de asistencia para los más afectados), resulta que la solución fue tomar el dinero público  (el dinero que la gente común y corriente paga en forma de impuestos para supuestamente recibir el beneficio de tener una nacionalidad y un estado), inflarlo (mediante impresión masiva de billetes respaldados por aire) y ponerlo a disposición de grandes corporaciones privadas (cuyos directivos y grandes accionistas no se distinguían precisamente por llevar un estilo de vida frugal) con el argumento de que eran demasiado grandes para fracasar.

¿Es posible tanto cinismo?  O sea, ellos construyen sistemas de pirámides financieras semi-fraudulentas y basados en engaños especulativos y los gobiernos los premian con rescates financieros porque son demasiado importantes para quebrarse y asumir los errores que cometieron.

Pero lo peor, en Estados Unidos (principal fuente del problema que se volvió global ante la interdependencia actual de gran parte de las economías) no hubo indignación a gran escala, ni manifestaciones masivas, ni ira colectiva que hicieran recapacitar a aquellos políticos descarados impulsadores del pánico para beneficio de terceros y ni siquiera iniciativas fuertes y estructurales en el Congreso respaldadas por la gente. Adormecimiento total.

Algunos indignados (con ímpetu momentáneo) trataron de levantar su voz. Pero el punto es que nunca dejaron de ser minoría. Siempre fueron un grupito de personas que intentaban pequeñas escaramuzas contra un régimen que manipula la democracia para intereses particulares. El máximo logro de estos grupos fue aparecer en los medios. Pero, igual, el daño estaba hecho… y la mayoría de la gente no hizo nada para evitarlo. Tal vez sentían que era problema de otros; algo normal en una sociedad tan individualista y centrada en lo material y la gratificación instantánea.

Los robaron. O nos robaron, porque por estos lados también se sintió -en menor grado pero se sintió-. Hacen lo que quieran. No pasa nada.

Y después del pánico infundado y la “gran recesión” artificial, comenzó la desaceleración/recesión natural de la economía, misma en la que estamos ahora y en la que mucha gente alrededor del mundo, incluyendo en los países desarrollados, está teniendo problemas para incluso cubrir sus necesidades básicas… hasta de suicidios motivados por situaciones financieras se escuchan cada semana. Lo curioso es que a los políticos se les empieza a llenar la boca otra vez diciendo que ya no estamos en recesión y que la economía comenzó a recuperarse basados en frías e insensibles cifras disparadas por algún alguna entidad de estadística que muchas veces es manipulada por los propios gobiernos y que se centran más en  conceptos como “productividad”, “confianza del consumidor”  y “flujos de capital” en vez de centrarse en la satisfacción de las necesidades materiales del ser humano, que es lo que debe ser el fondo social de la economía.

Cínicos.