El equilibrio del tiempo – Y su propio uso

Nuestra relación con el tiempo puede ser diversa y particular pero jamás insignificante. No podemos desligarnos de esa relación. Desde que nacemos hasta que morimos, el tiempo está allí en un conteo incesante que nos recuerda que a cada instante nuestra vida avanza con el presente continuamente volviéndose pasado, y el futuro continuamente volviéndose presente. Y aunque supuestamente el reloj del tiempo avanza siempre hacia adelante (posiblemente de manera lineal, o posiblemente en bucles, o posiblemente en una mezcla), puede que si supiéramos el día de nuestra muerte, tal vez nos daríamos cuenta que ese reloj realmente avanza hacia atrás, descontándonos de la vida cada segundo, hasta que en el fatal día queda finalmente en ceros.

Un poco tétrico imaginar el reloj de nuestras vidas corriendo hacia atrás. Pero a lo mejor, si lo viéramos de esa forma, dejaríamos de desperdiciar tanto el tiempo en cosas tan inútiles.

El equilibrio del tiempo es algo que debemos hacer nuestro propósito. Y con esto me refiero a la manera en que gastamos nuestro tiempo cada día, cada mes, cada año. Gastarlo de manera equilibrada es sabio porque hace que aprovechemos nuestra vida al máximo.

El exceso de trabajo terminará siendo a la larga algo inútil. El exceso de procrastinación e indecisión también lo será. Al igual que el exceso o la falta de disipación, o de diversión, o de descanso, o de divagación, o de sueño. Debe haber un tiempo para todo, pero lo ideal es que sea en su justa medida. Excesos y faltas desequilibran nuestras vidas.

Desperdiciamos buena parte de nuestras vidas cuando no nos concentramos en nuestro trabajo lo suficiente por andar gastando demasiado tiempo en tonterías o al llevar una vida demasiado disipada; pero también desperdiciamos nuestras vidas cuando trabajamos en exceso.

Con tanta gente que tiene que tener dos o hasta tres empleos, o que trabaja 12, 16 o hasta más horas diarias para poder mantenerse, el mundo actual tiene demasiados seres desequilibrados por ahí. Es cierto que el trabajo duro dignifica al ser humano, pero también hay que trabajar de manera inteligente y sabiendo que al canjear demasiado de nuestro valioso tiempo de vida por dinero, nos equiparamos más a una simple máquina que a un ser humano pleno. Y no estamos aquí para ser máquinas.

El ser humano es una instancia espiritual con un engranaje de tres partes, y cada una necesita igual atención: El cuerpo, la mente y el alma. Cuando gastamos sistemáticamente demasiado o muy poco tiempo en alguna actividad fundamental de nuestras vidas (sea el trabajo, sea el sueño, sea la diversión, etc.) desequilibramos nuestras vidas porque una o varias de esas tres partes dejan de recibir la necesaria atención.

Por ejemplo, aquella fanática de los salones de belleza, la moda y el culto exagerado al cuerpo que no lee ni cultiva su mente, simplemente es una “tonta con buen semblante” que con los años, cuando su cuerpo se debilite naturalmente, se convertirá en una simple “tonta a secas” vieja y patética.

O el profesional “exitoso” y con constantes ojeras por la falta de sueño que trabaja demasiadas horas en su oficina y cae en el sedentarismo excesivo que lo puede llevar a sufrir penosas enfermedades antes de tiempo o a caer en vicios dañinos al buscar vías rápidas de disipación para su vida.

O el típico mediocre perezoso que solo quiere descansar, dormir lo que más se pueda, ir a cuanta fiesta se atraviese, ver horas y horas de TV, navegar estúpidas páginas de Internet, desperdiciar su día en redes sociales, gastar tiempo a diario en múltiples tonterías sin aprender nada útil y esforzándose al mínimo en su trabajo. A esos mediocres se les pasa sus tristes e improductivas vidas casi sin darse cuenta y mueren sin que la existencia de verdad haya valido la pena… y probablemente en medio de la pobreza económica o ahogados en deudas que terminan siendo su única herencia.

O el padre de familia abnegado y supremamente serio quien es considerado un gran proveedor, padre y esposo, con el ceño permanentemente fruncido; solo va de la casa al trabajo y casi nunca se divierte (porque el deber llama… a toda hora), acumulando una peligrosa tensión emocional que termina deteriorando su salud física y que probablemente un día estallará quien sabe de qué manera… tal vez con violencia o repentina catarsis… ¡quién iba a pensarlo!

O aquellos orates exagerados de la vida sana y la nutrición que parecieran no vivir para nada más que dedicarle horas y horas cada día a preocuparse por su salud y su estado físico (desde las 4 de la mañana), andar metidos en gimnasios con repetitivos ejercicios para mantener “la línea” y volverse fanáticos obsesivos de la “alimentación sana” donde el placer físico de comer se diluye debido a la desabrida comida que supuestamente alargará sus vidas (unos minutos, supongo). Muchos de estos locos desequilibrados no se permiten una licencia para saborear un sabroso helado, un suculento bistec, o incluso para dormir hasta el mediodía de vez en cuando, en su disparatado y totalmente aburrido régimen de dizque vida sana.

El equilibrio en la manera en que gastamos el tiempo debe ser algo prioritario en nuestro estilo de vida. No sólo se trata de un asunto de salud, o productividad.

Más importante aún, se trata de aumentar la probabilidad de vivir más felices.