Misantropía en la gran ciudad – [Bogotá]

La misantropía se define como una aversión al género humano sin especificar ninguna persona o ningún grupo de personas. Un rechazo general a las características compartidas por la mayoría de lo que se engloba en lo que conocemos como humanidad. Algo complejo teniendo en cuenta que quien la padece es también un ser humano. Han existido y existen personas catalogadas así en mayor o menor grado  y creo que no hay ambiente más propicio para la incubación de estos seres que las grandes metrópolis del mundo… aquellas con más de 3 millones de habitantes.

Es muy difícil, en una ciudad tan poblada, tratar de mantener la empatía con la mayoría de personas con las que nos encontremos, especialmente si esa ciudad no queda precisamente en un país escandinavo sino que es una urbe latinoamericana que está plagada de deshonestidad, corrupción, crimen y maldad como lo es Bogotá.

En una ciudad como esta, se siente el miedo flotando en el ambiente. Y, por supuesto, ese miedo es raíz y generador de aquellas malas emociones que a ratos nos invaden: Ira, ansiedad, tristeza, etc.

Hoy día, 2015, el hampa, la estupidez y la banalidad excesiva acechan en cada rincón de las calles de Bogotá al igual que en muchas ciudades del mundo. Las personas llegan a ser como bacterias que crean el hábitat perfecto para los misántropos, los cuales, en las fases más profundas de su padecimiento, pueden llegar a detestar hasta las facciones típicas de los rostros humanos, sin centrar su aversión en una persona específica, como si esas caras se volvieran instancias de una morfología típica con muy pocas variantes -igual que para los humanos todos los rostros de los perros parecen haber salido del mismo molde. Se convierte en el rostro distintivo de una plaga que el misántropo aborrece: Su propia especie. Incluso, algunos misántropos odian mirarse al espejo.

Y en particular, una gran ciudad como Bogotá, situada en un país violento y con un gran problema de ilegalidad, desorden y deshonestidad,  a veces es capaz de sacar lo peor del ser humano. Se siente y se vive… al desplazarse a pie, en el sistema público o en un vehículo particular por sus principales calles. Temor constante a ser atracado; mal genio como un rasgo nada infrecuente de sus habitantes; ira contenida que se manifiesta en una prevención permanente contra los demás;  trabajadores infelices y hartos de un empleo informal o con un sueldo de hambre que no parece llevarlos a ninguna parte y que causa que trabajen con desgano y desatención;  un servicio de transporte indigno, incómodo y peligroso; calles llenas de mugre, huecos y trampas mortales; olores nauseabundos en abundancia de rincones descuidados; mendigos y gente “desamparada” que exhibe sus miserias en busca de una moneda procedente de otra gente buscando aliviar sus culpas internas con un gesto supuestamente bondadoso; incluso, a veces se percibe un odio visceral entre unas personas y otras cuando comparten los mismos espacios de la ciudad. Por todos lados signos de políticas inoperantes, ineficaces e injustas practicadas por funcionarios dedicados al cálculo político de lo que más favorezca sus intereses personales aunque aseguran a los cuatro vientos que trabajan por el mejoramiento de la calidad de vida de los ciudadanos.

En las noches, la gente enciende su televisor y mucha veces soporta ver al alcalde de turno (el actual es un demagogo populista obsesionado por fomentar el odio de clases, producto tal vez de traumas de su pasado) junto al comandante de la policía local (quien da la impresión siempre de estar pendiente de en dónde están las cámaras para salir en televisión todos los días sin falta, como si en vez de comandante fuera el jefe de prensa de la institución) diciendo lo maravillosas que son sus gestiones; y lo bien que vamos; y como se progresa día a día; y que cada día hay menos miseria; y la eficacia de las acciones contra el crimen; y una sarta de tonterías que ni ellos mismos se creen; y toda una palabrería insulsa, vacía, que pretende dar a entender que el problema somos los inconformes, por quejarnos, por estar tristes, por sentir ira, por no resignarnos poniendo cara de idiotas felices… con miedo pero felices. Tal vez sean esos personajes como el alcalde los principales impulsadores de la misantropía. Se comienza detestándolos a ellos, luego a sus seguidores y luego a casi todo el mundo.

En un país con una democracia débil, y muchas carencias sociales como Colombia, es hasta entendible que una ciudad con tanta concentración de gente  (incluyendo desplazados producto de la falta de presencia del Estado en las provincias y la violencia de organizaciones criminales como las FARC, el ELN y paramilitares) se termine convirtiendo en una especie de infierno light, así muchos se nieguen a aceptarlo debido a una típica actitud tropical, en donde se piensa que es mejor hacerse el loco y aparentar ser feliz que reclamar los derechos o denunciar con ira las injusticias. Y muchos padecen con una sonrisa auto impuesta este infiernillo de tráfico insoportable, intolerancia urbana, violencia, crimen, suciedad, miseria, maldad, frustración, servicios de transporte indignos, demoras para todo. Se resignan a vivir con baja calidad de vida… y entre más gente llega a vivir a la gran ciudad, pareciera empeorar.

Así que, no es tan descabellado que alguien se vuelva misántropo en este infiernillo.

Triste es que, para mucha gente, esta ciudad sea la mejor opción para vivir en el país ya que la mayoría de provincias y otras ciudades no constituyen una real alternativa para ellos al no ofrecer muchas oportunidades de trabajo o surgimiento. Entiende uno por qué hay tantos emigrantes colombianos en el extranjero. Pero para los que no pueden viajar al exterior, el infiernillo bogotano es lo mejor a lo que aspiran, al menos hasta que tengan un chance de emigrar.

Y a propósito de infierno, en el idioma inglés se dice y escribe (supuestamente una frase traducida de algún libro del escritor francés Jean-Paul Sartre): Hell is other people (el infierno son los demás), y eso lo sabe muy bien un misántropo. Malas emociones, producto del caos externo que toca soportar en el día a día, pueden crearnos también un infierno interior complementario al de la gran ciudad, y no hay fuente más efectiva de malas emociones que las demás personas ya sea por vía directa (porque desean causárnoslas de alguna manera) o indirecta (reacción ante el abuso, prevención excesiva o el simple miedo de ser lastimados). Infierno externo e interno que se desata fragmentadamente todos los días, en muchos lugares al mismo tiempo, y en nuestra alma, teniendo como gran aliado una aglomeración a nuestro alrededor de gente desdichada, frustrada que busca desquitarse de alguna manera.

El deber cristiano de amar al prójimo es demasiado retador en una gran ciudad como Bogotá. Supongo que hay que luchar contra esa tendencia de ver siempre lo malo, para tratar de fortalecer las virtudes de nuestro entorno y nuestros conciudadanos… pero no por eso debemos resignarnos o tratar de tapar la agobiante realidad. Primer paso para cambiar lo que se puede cambiar, es aceptar lo mal que estamos y el daño que se nos causa, para luego denunciar, protestar y hacer sentir nuestra rabia con algún tipo de “catarsis civilizada” que genere reacción social. De lo contrario, pasar desde esa actitud pasiva y tropical de felicidad auto impuesta hasta la misantropía, puede llegar a ser más fácil de lo que la gente piensa.