¿Por qué los colombianos son tan intolerantes y violentos?

Colombia se ha caracterizado por una larga historia de violencia. Pareciera que en todo el siglo XX y lo que va del siglo XXI, nunca se ha vivido un sólo día de paz en esta nación. Y, aunque inicialmente se piensa en la violencia derivada de un conflicto interno con raíces sociales que derivó hacia simple delincuencia, la verdad es que nosotros, los colombianos promedio, en general somos seres intolerantes y violentos. ¿A qué se debe este rasgo nacional?

Nuestro folklorismo tropical y algunas campañas institucionales nos han tratado de convencer en los años recientes de que somos seres alegres y cálidos, pero la realidad es que dicha característica casi siempre está asociada al consumo de alcohol y a una actitud de indiferencia ante nuestros problemas, como si eso ayudara a solucionarlos. La verdad es que el colombiano promedio está expuesto desde pequeño a ciertas taras que tenemos como sociedad y que urge neutralizarlas si queremos algún día progresar hacia el desarrollo integral como país, especialmente ahora que tanto se habla de “post-conflicto” en medio de unas supuestas negociaciones de paz.

Las raíces de nuestra intolerancia nacen de la espantosa inequidad que hay en nuestra sociedad (Colombia es uno de los países mas desiguales del mundo). Dicha inequidad crea frustración y odio hacia los demás, especialmente si no son de la misma “clase” a la que pertenecemos.

Y no se trata aquí de un aspecto netamente económico. Claro que no. Existen países mucho más pobres que Colombia en donde no ha habido una historia tan marcada por la violencia.

La inequidad toca el aspecto económico, pero sólo en el plano comparativo y no en el nominal: No se trata tanto de que tan bajo son los salarios, sino el hecho de que las diferencias entre los que más ganan y los que menos ganan sean tan abismales, y aun peor, que el número de aquellos que ganan mucho dinero sea tan terriblemente reducido en comparación con aquellos que logran llegar a fin de quincena de milagro o que solo unos pocos miles de personas sean los dueños del 90% del capital que se mueve en el país.

Pero el problema de los sueldos es menor, cuando analizamos las raíces de la violencia de una manera más profunda: Graves problemas sociales que tenemos y a los cuales el gobierno no les da la suficiente importancia (por estar concentrado en que nuestro Presidente se gane un premio Nóbel de “Paz”): Un horrible sistema de seguridad social donde, si no tienes dinero para acceder a servicios particulares de calidad te dejan morir aunque estés asegurado; una educación terriblemente mediocre y arcaica impartida hacia las masas a menos que puedas pagar los pocos colegios y escuelas de calidad destinados a los pudientes; y la paradoja de que viviendo en uno de los países más ricos en recursos naturales, haya tanta gente en las grandes ciudades  que no pueda comer tres veces al día e incluso, en muchos lugares apartados y olvidados por el Estado, se mueran personas por desnutrición como si de un país africano azotado por la Naturaleza se tratara.

Los problemas sociales del país son un poderoso combustible de la violencia y la intolerancia. Las diferencias económicas entre las clases sociales y otros asuntos como la corrupción política podrán ser mucho más manejables si atacamos fuertemente los problemas de salud, educación y en general la protección social hacia los segmentos de la población mas vulnerables como los que viven en la miseria y la mendicidad, o los niños que nacen sin muchas oportunidades o los ancianos que caen el abandono.

¿Y cuáles son las acciones específicas para atacar nuestros graves problemas de inequidad de tal manera que podamos deshacernos poco a poco de las taras de la intolerancia y la violencia? Hay tres puntos en los que se debe trabajar con urgencia:

1. Convertir al sistema de salud en uno de los programas bandera del Estado para acabar con la inequidad. La salud no puede ser un simple negocio; eso es increíblemente absurdo ya que los empresarios jamás pondrán la salud de la gente por encima de la rentabilidad del negocio. El sistema de salud debe ser totalmente igualitario, de calidad y garantizado para todos los ciudadanos (independientemente de que se pague o no un seguro) y financiado por impuestos regulares y no por cuotas mensuales como si se tratara de la televisión por cable. Es demasiado indolente en una sociedad el hecho de que si no puedo pagar una cuota del seguro durante un mes, no pueda tener atención médica al siguiente: Totalmente inhumano.

2. Invertir fuertemente en mejorar la educación estatal no sólo en cobertura sino en calidad para alcanzar altos niveles internacionales que nos permitan construir una sociedad llena de profesionales que puedan competir con los profesionales de cualquier otro país del mundo en condiciones de igualdad o superioridad intelectual. Para eso Colombia debe fijarse metas muy específicas: Tenemos que convertirnos en un país realmente bilingüe donde el 80% de la población hable el inglés como segunda lengua; además, debemos convertirnos es un país de ingenieros, científicos e investigadores. Priorizar la educación científica es lo que nos sacará del subdesarrollo y propiciará una sociedad con mayor bienestar y con gente menos intolerante que no  se deja llevar tanto por instintos de supervivencia porque tiene la capacidad y la preparación adecuada para razonar más antes de reaccionar antes sus semejantes.

3. Proteger como un tesoro sagrado a los niños. Estricta aplicación de la justicia y las leyes en los casos de violencia de cualquier tipo contra estos pequeños ciudadanos. Una sociedad tolerante y pacifica no se construye con niños traumatizados, abusados o que crecen con resentimiento social. Así mismo, el Estado debe ponerse como meta el acabar totalmente con la mendicidad, erradicar la miseria del suelo nacional y disminuir la tasa de natalidad entre la población más desfavorecida a niveles adecuados que no frenen la lucha contra la pobreza; los más pobres deben tener garantías sociales que les permitan recobrarse en situaciones agobiantes y eso se logra con albergues financiados por el Estado para la gente sin hogar; programas de alimentación sana, nutritiva y gratuita para combatir el hambre entre los más pobres; y una serie de apoyos estatales (con una eficiente regulación y límites que eviten un excesivo paternalismo estatal que fomente la vagancia) para que cualquier colombiano que caiga en una calamidad económica jamás se vea forzado a vivir de la caridad en las calles o a convertirse en delincuente por necesidad.

El “post-conflicto”, si es que se llega a dar, será una dura prueba para el país. En el eventual caso de que se firme la “Paz” con las guerrillas (cosa que muchos dudamos aún), el país tendrá la oportunidad de arrancar muchas raíces de la intolerancia y la inequidad. Si lo hacemos bien, podremos seguir un camino de verdadera prosperidad. Pero si lo hacemos mal, tal vez no pasen 20 años para que vuelva a aparecer otro grupo insurgente bajo la bandera de la inequidad social, perpetuando esta espiral de violencia que seguramente durará al menos varias décadas más.