Queridos vecinos – La “delicia” de vivir en edificios y conjuntos residenciales

Vivir en conjuntos residenciales y edificios en condominio se ha vuelto norma en muchas grandes ciudades del mundo. Y aquello de vivir en una casa independiente donde la única zona común con los amables vecinos era la acera, es cada vez menos frecuente por múltiples razones. Hay supuestas ventajas, incluso de tipo ecológico, en vivir en un conjunto cerrado o edificio. Sin embargo, para algunos esto se nos ha convertido en un verdadero dolor de cabeza conforme la intolerancia y la tendencia al conflicto que tienen muchos habitantes de las urbes sigue creciendo a medida que hay más y más gente compitiendo por recursos.

Desde que estamos en Bogotá (con mi esposa) hace 11 años, hemos vivido en dos conjuntos residenciales y actualmente en un edificio. La razón de que nos hayamos mudado las veces anteriores y que estemos en este momento en proceso de conseguir otra vivienda para alquilar (ojalá una casa independiente) para volvernos a mudar, son esas “adorables criaturas” con las que tenemos que compartir algunas zonas comunes como el ascensor, el parqueadero, las escaleras, la recepción… y las paredes.

Aunque nunca hemos sido muy sociables con ellos (bueno mi esposa lo es un poco más que yo), siempre hemos tratamos de ser muy educados, amables y considerados con nuestros queridos vecinos. Y aunque no se puede generalizar, porque no todos los vecinos que nos han tocado son detestables, es demasiado molesto y frustrante que en cualquier edificio o conjunto residencial (por pequeño que sea) siempre resultan existiendo algunos seres conflictivos, desconsiderados  o sumamente descorteses con los que compartir incluso el aire que se respira es una fuente de tensión constante.

A lo largo de estos 11 años hemos enfrentados conflictos con vecinos que incluso han llegado a la agresión física (cosa que aun no entiendo, pues si hicieran un concurso de vecinos pacíficos y considerados, creo que tendríamos buenas posibilidades de lograr algún reconocimiento). Nos ha tocado como a muchos, los vecinos ruidosos que les importa un comino afectar a los demás escuchando música a todo volumen a cualquier hora del día o de la noche, o los vecinos educados en un gallinero para los que responder un saludo parece que es una odisea, o los chismosos que deben tener una vida muy patética para estar pendiente de juzgar a los demás todo el tiempo, o los atarbanes que no respetan reglas de convivencia, o los abusivos que usan tu parqueadero porque les da la gana y punto, o la administradora que te cobra un dinero preventivo cuando te mudas y luego te devuelve sólo una parte porque dizque ensuciaste las paredes cuando es una total mentira, o el amigo visitante de los vecinos que parquea su carro bloqueando el tuyo y luego hay que llamarlo a que mueva su vehículo teniendo que esperar media hora a que le dé la gana dignarse a bajar al parqueadero y cuando lo hace hay que aguantarse su asquerosa cara de cul… porque se enoja (su majestad pretenderá que no salgamos por no incomodarlo).

Benditos sean estos vecinitos de pacotilla. Si no fuera porque me trago todos estos sapos como un tonto y me esfuerzo en controlar las emociones, seguramente ya hubiera tenido que ir a parar alguna cárcel.

¿Por qué estas personas no pueden vivir en paz? ¿Por qué tienen que estar buscando constantemente el conflicto? ¿Acaso su vida es demasiado aburrida si no le inyectan a diario alguna dosis extra de conflicto y problemas con los demás? ¿Necesitan constantemente sentir la adrenalina del conflicto para sentirse vivos? ¿Tienen algún problema genético que les hace ser propensos al “sólo importo yo y los míos y los demás que se jodan”?

Pero ay de que uno sea el que incumpla, o el que se equivoque, o el que primero los agrede a ellos de alguna forma. Estos vecinos chimpancés (y perdón a los chimpancés) aparte de ser sociópatas, no es raro que sean sumamente violentos e intolerantes. Uno puede terminar en la cárcel, o en una clínica… o en el cementerio en el peor de los casos.

Qué triste que, por más que uno se esfuerce, se esté volviendo tan complicado vivir en conjuntos residenciales o edificios, al menos en las grandes ciudades (o al menos en Bogotá que es donde vivo).

Ahora estamos otra vez con ganas de largarnos debido a que nuestro apartamento es uno de los 2 “privilegiados” del edificio con dos parqueaderos mientras la mayor parte de apartamentos sólo tienen uno. Si, esa es la causa. Algo que debería ser una ventaja se ha vuelto fuente de conflicto y zozobra porque algunos vecinos asumieron que pueden parquearse en el parqueadero extra cuando les dé la gana porque si, o asumen que uno está en la obligación de alquilárselos y toman como gran ofensa la negativa nuestra para alquilarlo (¿es que es pecado tener un paqueadero de visitantes propio por el cual pagamos?). Y aparte de eso algún envidioso vecino (que no hemos podido determinar quién es) ha demarcado con pintura en el suelo un espacio mágico para visitantes (sacado de la manga) justo al frente de nuestro parqueadero principal (¡qué casualidad!), el cual cuando es usado nos bloquea (muy seguramente el vecino envidioso tiene su parqueadero en un punto en el que él jamás se verá afectado) generándonos demoras e inconvenientes cada vez que tengamos que salir o entrar desde y hacia el parqueadero. ¿Y la Administración del edificio? Bien, gracias.

Benditos sean queridos vecinos.