Aníbal, el forastero. Viviendo en un mundo ajeno.

Aníbal fue dejado en el planeta Blue por sus padres. No era un adulto todavía. Era muy joven aún pero ya tenía uso de razón. No es que lo hayan abandonado a su suerte. Al contrario, por alguna razón muy lógica y trascendental, que no se va a explicar aquí, tuvieron que dejarlo. Blue era un planeta muy especial, distinto pero con una vitalidad encantadora. Ellos pensaban que probablemente Aníbal se pudiera adaptar muy bien a la vida de ese planeta.

Aníbal creció en aquel planeta siendo un bicho raro para los demás. Tenía amigos pero, incluso para ellos, Aníbal resultaba muy raro y algunas de sus cosas eran casi incomprensibles.

El mismo Aníbal podía sentir su rareza.

El sol de aquel planeta era demasiado fuerte. Frecuentemente, en la región donde Aníbal vivía hacía mucho calor. Él debía andar con gorros y anteojos que lo protegieran de los potentes rayos. Usaba también una sustancia protectora para su piel porque si no lo hacía ésta se quemaba dejándole una dolorosa mancha rojiza en su cuerpo. Su visión también se dificultaba debido a la excesiva luz. En otras regiones de Blue no había mucho sol, y allí Aníbal tenía el problema contrario, pues sufría con el excesivo frío que lo obligaba a ponerse muchos abrigos sobre su cuerpo, lo que causaba gran sorpresa a los bluenitas. Era como si Aníbal nunca pudiera encontrar un sitio en aquel planeta donde se sintiera totalmente a gusto con el clima. Sólo en muy pocos puntos de ese planeta, y eso que apenas durante ciertas horas del día, podía sentir un clima medianamente agradable.

El aspecto de Aníbal resultaba también muy peculiar en Blue. Su caminar en dos piernas era considerado casi que acrobático teniendo en cuenta las proporciones de su cuerpo y fisonomía.  En Blue lo normal sería que un ser de esas proporciones caminara como un cuadrúpedo.

Aníbal no entendía porque los bluenitas nunca se reían. Absolutamente nunca. Aníbal preguntaba sobre esto pero nadie entendía que era eso de la risa. Y no es que los bluenitas fueran amargados. Al contrario, vivían muy conformes con sus vidas y parecían sincronizados con el ambiente; pero la risa no era una de sus características. De hecho, cuando Aníbal se reía, ellos muchas veces tomaban el gesto equivocadamente. Algunos incluso pensaban que el gesto era amenazante y no comprendían por qué Aníbal se portaba tan agresivamente. Incluso a veces respondían a la “agresión” defendiéndose físicamente; así que poco a poco Aníbal fue dejando de reír en público y cuando lo hacía se obligaba a cubrirse  la boca o a apartarse a un lugar donde no lo vieran.

El asunto de la ropa era otra cosa de Aníbal que no se comprendía muy bien en Blue. Los seres de ese planeta no la usaban para nada y en cambio exhibían su piel natural sin ningún pudor y casi sin ningún tipo de afectación; era como si tuvieran reguladores de temperatura en el cuerpo porque muy pocas veces se quejaban de calor o frío mientras que Aníbal sentía los estragos del clima extremo casi permanentemente. Además, ciertas razas de bluenitas tenían sobre la piel capas orgánicas adicionales que los protegían y eso era suficiente para resistir cualquier temperatura. Aníbal, en cambio, era excesivamente lampiño para los estándares de Blue. Por esa razón, necesitaba usar ropa que confeccionaba usando tejidos naturales dando lugar a prendas que él armaba a su medida. Aparte del clima, la verdad es que Aníbal aún no se podía deshacer del pudor inculcado por sus padres cuando estaba pequeño, el cual le hacía sentir demasiada vergüenza como para andar desnudo por ahí.

En Blue no existía la música. Aníbal cantaba de vez en cuando y trataba de fabricar instrumentos musicales en sus ratos libres. Algunos bluenitas se sentían atraídos por esta virtud y lo contemplaban con admiración cuando los tocaba o cuando cantaba aunque, a decir verdad, la gran mayoría parecían indiferentes ante su arte. Aníbal no entendía como estos seres podían ser tan apáticos frente a lo hermosa que puede ser la música y lo provechosa para el alma.

La mayoría de las bluenitas tenían hijos con una facilidad pasmosa. El parto allí no era para nada comparable a los complicados partos que recordaba Aníbal de su gente. A veces parecía como si tener un parto para una fémina de Blue fuera una leve interrupción de las actividades cotidianas. Sólo en muy pocos casos las cosas se complicaban.

En Blue las relaciones conyugales, familiares y comunitarias eran sencillas, relajadas y con un gran grado de libertad. Sin embargo, el respeto por las reglas era una cosa de sentido común que casi nadie se atrevía a contrariar. Existían problemas como las guerras entre razas, las enfermedades o la escasez de comida en ciertas épocas, pero esas cosas problemáticas en Blue parecían siempre terminar con un arreglo implícito sin necesidad de documentos o papeles, más bien con la sabiduría innata de sus habitantes, con tenacidad y conforme a las leyes de la Naturaleza. Siempre se entendía que para ganar algo, se debía perder algo. Eso le daba algo de envidia a Aníbal; sentía envidia de que esos seres ordinarios y con un cerebro aparentemente inferior que ni siquiera les daba para entender el arte, fueran en realidad tan sabios y tan instintivamente correctos.

Sin embargo, lo más impresionante para Aníbal era que estos seres jamás filosofaban sobre los asuntos de la vida. La angustia existencial no existía en Blue, aparte de la que Aníbal sentía frecuentemente. Los bluenitas no se cuestionaban el significado de la vida, o su origen, o su destino, o si existía o no algún dios. Los bluenitas simplemente vivían en medio de una conformidad pasmosa, concentrándose en el aquí y en el ahora, olvidando rápidamente el pasado en la mayoría de los casos y con un desinterés total por el futuro. A veces Aníbal sentía lástima por ellos… pero después sentía lástima por sí mismo, pues mientras observaba arrogantemente a esos seres sintiéndose superior pero triste, los bluenitas en cambio parecían felices en el fondo, a pesar de que nunca reían.

Aníbal entonces se retiraba a un lugar solitario a tratar de contestarse todas sus preguntas filosóficas y a observar las estrellas, añorando aquel hogar que ni siquiera sabía dónde estaba ahora o lo que le había ocurrido. Y se deprimía preguntándose cuál era la misión de su vida, o si valía la pena vivirla. Sentía una horrible sensación de enajenación al estar en ese planeta ajeno en el que era bienvenido pero en el que siempre estaba algo incómodo.

Aníbal se sentía terriblemente solo y muchas veces no podía controlar las lágrimas.

Si tan solo el destino le diera la oportunidad a Aníbal de comprender por qué lo dejaron allí, lejos de su verdadero hogar…

Siento muchísima pena por Aníbal porque es probable que morirá sin llegar a saberlo, acongojado por las dudas existenciales, rodeado de conformes bluenitas que lo verán morir sin entender el porqué de su extraña desazón.

A veces siento pena por mí y el resto de la Humanidad.