Chela

Cuando tenía unos 19 años, vivía en la ciudad de Cali en una casa dividida en varios apartamentos donde algunas cosas eran compartidas entre todos: La puerta de la  entrada, el lavadero, el patio y el tendedero. Fue una de las muchas casas en las que viví cuando era más joven. Fue allí que conocí a Chela, una treintañera de raza negra procedente del pacífico colombiano (no sé exactamente de donde, tal vez del Chocó o Buenaventura). Era una vecina que vivía en otro de los apartamentos. Vivía sola y era oficinista. Nunca tuve una relación cercana con ella. Sólo era la vecina. Pero hoy en día, desearía haberla conocido más. Lamentablemente ya eso no es posible porque Chela se fue para siempre.

Chela era malgeniada y, a primera vista, una mujer odiosa. De carácter fuerte, muy fuerte.

Sin embargo, de vez en cuando se escuchaba su risa desparpajada en medio de una voz con alto volumen y con ese dejo costeño especial de los negros del pacífico, muy diferente al dejo caribeño. Es un dejo un poco más relajado.

Chela era una buena persona. Recuerdo muy bien que celebró los 15 años de mi hermana (con la que tenía una gran relación de amigas) como si fuera de la familia. Su alegría era auténtica. Y su cariño también. Bajo esa máscara de dureza, se escondía una gran persona con nobles sentimientos y mucho amor para dar. Por eso le daba amor a los vecinos pues, por alguna razón, parecía no tener familiares cercanos.

El único trato que tenía con Chela, era el saludo. Y yo, que siempre he sido introvertido, callado, tímido y de rutinas repetitivas, me la encontrara todas las mañanas en el patio cuando iba por la toalla antes de bañarme. Le daba los buenos días y ella contestaba amablemente. Esa fue toda nuestra interacción.

Yo estaba pasando por momentos duros. Creo que esos han sido los días más tristes de mi vida hasta ahora. Tenía una especie de depresión light por diversas circunstancias. Vivía sumido en una mezcla de tristeza, rabia y rebeldía. Estaba dejando la adolescencia y convirtiéndome en adulto y ese cambio no fue nada agradable para mí, especialmente por problemas dentro de mi familia.

En esa situación, me molestaba vivir allí rodeado de toda esa gente. Anhelaba vivir aislado o por lo menos en otro sitio donde hubiera mucha más privacidad sin verme invadido por miradas de vecinos que no me agradaban mucho que digamos. Y también me molestaba tener que cruzarme todas las mañanas casi exactamente a la misma hora con Chela en el patio y tener que saludarla por obligación. Me resultaba apremiante eso.

Fue así como decidí dejar de saludarla. Me parecía ridículo saludar a una persona con la que nunca planeaba tener una conversación. ¿Qué sentido tenía?

Los primeros días que no saludé, a juzgar por su lenguaje corporal, Chela se sorprendió. Seguramente no entendía por qué de un momento a otro yo me comportaba de una manera tan maleducada. ¿Me había hecho algo malo sin darse cuenta?

Después Chela se acostumbró y simplemente me ignoraba. Tal vez asumió que yo era como esos idiotas que la discriminaban siempre por ser negra en un país de grandes desigualdades sociales. En parte Chela tenía razón. Yo era un idiota, pero no por racista, sino porque me parecía que saludar me suponía una molestia demasiado grande.  ¡Qué imbécil más grande fui con ella!

Por chismes vecinales, yo sabía que Chela tenía un sueño: Quería tener un hijo. Era lo que más deseaba en la vida. Su razón de ser. Pero estaba complicado, porque aparentemente Chela no tenía esposo, ni novio. Al menos no conocidos.

Chela deseaba tanto tener un hijo que llegó un momento en el que me pareció que comenzó a perder la razón. Recuerdo que había comprado un muñeco del tamaño de un bebé real y con la piel negra como ella. Comenzó a comprarle ropa y cuando llegaba del trabajo lo cargaba e incluso salía a la calle con él. Le puso también un nombre con el que ella y todos los demás identificaban al “hijo de Chela”.  A los demás vecinos les parecía gracioso, como un juego. Pero a mí, aunque había decidido cortar cualquier interacción con ella, me parecía muy extraño y dudaba de su salud mental.

No sé cómo, ni con quien, pero Chela quedó embarazada. Fue una noticia grande entre los vecinos. Al fin el sueño se cumpliría, aunque aparentemente ella había decidido, por convicción, ser madre soltera.  Polémica pero respetable decisión.

Chela no se cambiaba por nadie. Sonreía. Incluso a mí, que la despreciaba, me sonreía. El mundo brillaba para ella. El mundo era un lugar hermoso.

Chela era feliz.

Cuando se cumplió el tiempo de gestación, Chela estaba alucinando de alegría en medio de los dolores normales de un parto que se avecina. Y se fue al hospital. Yo vi cómo se iba en el carro de un vecino. Y fue la última vez que la vi.

Chela murió en el parto. Su bebé se salvó. Es demasiado difícil entender por qué pasan esas cosas.

Alguna complicación cobró su vida y jamás volvió. ¡Qué injusticia! ¡Sentí una tristeza tan grande!

Chela: En donde quieras que estés, deseo que estés feliz. Que tu hijo esté teniendo actualmente una buena vida y que honre siempre a su madre, una gran mujer trabajadora y llena de amor que murió para darle la vida. Es una deuda impagable.

Chela: Perdóname por ser tan imbécil. Ahora quisiera, al menos, haberte seguido saludando en aquel entonces… y sonriendo mientras lo hacía. Perdóname.