Del miedo a la oscuridad y una noche terrorífica

Aún hoy en día, en ocasiones, le temo a la oscuridad. No todas las noches, pero de vez en cuando, por alguna razón, siento nervios y comienzo a divagar sobre si siento la presencia de alguien en la habitación o es sólo mi imaginación, o de verdad los ojos de algún ser sobrenatural me miran en medio de la negrura de la noche, o alguna energía incompresible de otra dimensión está tratando de incomodarme y hacerse sentir… Recuerdo aquel momento donde mis temores nocturnos tuvieron un punto crítico cuando era niño. Y, claro, muchas cosas que pasan cuando somos niños, nos marcan para siempre.

En 1981 tenía 6 años. Vivíamos con mi madre y mi hermana (que tenía menos de un año de nacida) en el segundo piso de una casa en la ciudad de Cali, Colombia. La casa no era muy segura. De hecho, un tramo del corredor estaba al aire libre, cosa que no era rara en muchas casas antiguas de la ciudad, pues al parecer, en los tiempos de los abuelos no había tantos ladrones saltando tapias y muros para entrar a robar casas. Mi madre trabajaba todo el día; nos despedíamos en la mañana cuando me iba a estudiar al colegio que quedaba a las dos cuadras y sólo la volvía a ver hasta más o menos las 8 de la noche. Ella arregló algún tipo de contrato con la vecina que vivía abajo para que me diera el almuerzo cuando regresaba de estudiar.

A mi hermana se la llevaba una niñera para cuidarla en su casa mientras mi madre trabajaba. Así que la mayoría de las tardes, de lunes a viernes, después del almuerzo, subía al segundo piso y pasaba las horas solitariamente. No teníamos televisor en esa época, por cierto. Como seguramente lo harían la mayoría de los niños al encontrarse en una situación similar, pasaba el tiempo jugando, imaginando fantásticos mundos, con carritos y muñecos, escuchando la radio ocasionalmente, y bueno, supongo que de vez en cuando hacía deberes escolares.

En la parte de atrás de la casa había una separación y al fondo una especie de apartamento donde vivían otras personas que casi nunca veía. Salían muy temprano y regresaban tarde en la noche. Supongo que trabajaban. Pero esa parte de atrás, me causaba miedo; me parecía tenebrosa y podía jurar que en algunas de mis tardes solitarias escuchaba ruidos extraños como si alguien arrastrara algún papel con los pies e incluso llegué a escuchar murmullos de voces. Alguna vez le escuché decir a alguien que cuando el viento sopla sobre los ladrillos de las casas, a veces saca voces que se han quedado almacenadas en dichos ladrillos… por supuesto, probablemente es una tonta explicación sin mucho sustento.

El caso es que me moría de terror al tener que ir hacia la parte de atrás y pensaba que el apartamento que limitaba con nuestra casa estaba embrujado o algo por el estilo. Afortunadamente mi habitación quedaba en la parte de adelante. El problema es que el baño si se ubicaba atrás… y, por supuesto, no quedaba más remedio que ir hacia allá si tenía que usarlo.

Y llegó ese día de 1981. Eran más o menos las 7 de la noche. Mi madre acostumbraba a dejarme un vaso de leche con galletas para comer mientras ella regresaba a hacer la comida. Estaba subido en la cama tomando mi leche con galletas apoyado en la pared. Y entonces lo escuché otra vez… venía de la parte de atrás… el papel arrastrándose durante varios segundos y un leve murmullo de algo que parecía voces cuando se suponía que no había nadie… pero esta vez fue peor: Después del murmullo, una risita femenina que me aceleró el corazón y me hizo abrir los ojos como platos. Pero las cosas apenas empezaban.

El horrible miedo que sentí me hizo encender el radio para sentirme acompañado después de algunos segundos de quedar petrificado. Me recosté en la cama y deseaba que mi madre regresara pronto… y entonces pasó lo peor: La cama se movió bruscamente haciéndome producir un espontáneo grito de pánico. El radio calló. La luz del bombillo se apagó. La oscuridad más horrible invadió toda la casa. No es justo que un niño sienta tanto terror.

Sacando fuerzas de donde pude, me incorporé y me bajé de la cama para salir al corredor. No podía salir de la casa pues, por seguridad, sólo la señora de abajo podía abrirme el portón de la calle que compartíamos con los vecinos y que debía estar con llave. Y la bendita señora no estaba… no había nadie en la casa de abajo. Después, para acabar de implantar este terror que jamás olvidaré, un fuerte aguacero comenzó y empapaba el pedazo de corredor que no estaba techado.

Allí estaba yo. Muerto de miedo, encerrado con llave, acurrucado en la parte de adelante del corredor que si tenia techo, en medio de una miedosa oscuridad, escuchando la torrencial lluvia y alumbrado ocasionalmente con relámpagos… mi mirada con ojos muy abiertos por el pánico iba y venía desde y hacia dos diferentes lugares: Aquella embrujada parte de atrás y mi habitación en donde había algún ser horrible que había movido mi cama para asustarme y, seguramente, con intenciones de hacerme daño.

El portón de la calle se abrió. Los vecinos me rescataron. Al salir a la entrada en el portón me di cuenta que no sólo era en mi casa donde la luz se había ido. Y ahí estaban los demás vecinos,  hablaban desde sus respectivos portones, uno que otro con paraguas… y hablaban sobre el tema de la noche: Un temblor que aunque no fue de gran magnitud, parece que fue sentido por muchos generando un leve pánico, aterrorizando niñitos a los que dejaban solos en sus casas y  ocasionando un apagón en varias partes de la ciudad.