El círculo vicioso de la postergación en el trabajo

Que el trabajo sea nuestra pasión de tal manera que al trabajar nos divirtamos, es un ideal que no siempre es fácil de lograr. Trabajar en lo que nos gusta es una situación con matices. Ante la dificultad de no siempre poder hacer lo que nos divierte para ganar dinero, está la alternativa de obligarnos a amar lo que hacemos, o por lo menos buscar enfoques positivos de un trabajo que odiemos para poder resistir y darle la vuelta a las malas sensaciones que nos produce en el día a día dicho trabajo. Pero esto último tampoco es sencillo en muchos casos, y mucha gente termina desperdiciando su energía, juventud y entusiasmo en un trabajo que los hace infelices debido a que necesitan el dinero para poder pagar las cuentas. Y cuando eso sucede es común que aparezca el círculo vicioso (y algunas veces interminable) de la postergación.

Personalmente lo he vivido y sé claramente de que se trata. El círculo vicioso de la postergación comienza con sentimientos encontrados entre el llamado del deber y la resistencia a ocupar nuestro tiempo en algo que nos produce aburrimiento o infelicidad. El constate llamado interno a movernos de esa situación choca contra la dura realidad de aquellas facturas y deudas pendientes de pago u otro tipo de obligaciones económicas que estamos próximos a afrontar. La mayoría de las veces lo urgente se impone sobre lo importante y terminamos aceptando a regañadientes la imposición de lo que no queremos hacer, pero con una variante: Postergar las tareas más aburridas o infelices lo más que se pueda.

Y entonces comienza el ciclo: Seguro que voy a hacer eso, pero primero hagamos aquello antes de sumergirnos en el aburrimiento. Leemos e-email, o las noticias, conversamos con compañeros de temas no relacionados, organizamos nuestro escritorio para poder trabajar más “a gusto”, averiguamos antes de empezar alguna información de temas personales sin relación con el trabajo, hacemos llamadas telefónicas, etc.  Al final, el día pasa con pocos avances y nuestra angustia interna aumenta, con la falsa esperanza de que mañana será un día productivo y que ahí sí aparecerá ese ser responsable y trabajador que se concentra en terminar aquellos pendientes.

Ni que decir de los que trabajamos en casa con horario flexible. En ese caso, por ejemplo, si se debe trabajar 8 horas en el día, el círculo vicioso de la postergación comienza en la mañana con el engaño de que como el día tiene 24 horas, el inicio de la jornada lo podemos ubicar más tardecito, sólo un poquito más tardecito. El computador y el teléfono, que pueden ser muy buenas herramientas de trabajo, se convierten en muchos casos en compañeros maquiavélicos del círculo con múltiples distracciones: Mensajes de Whatsapp,  estúpidos videos virales que nadie puede perderse, el nuevo video de esa canción pegajosa, las noticias (porque es que hay que estar informados), chequear Twitter-Facebook-Instagram 81 veces al día, etc. Y mientras pasan las horas, nos tratamos de convencer tontamente de que aún hay tiempo de empezar y que en el peor de los casos trabajaremos en la noche y la madrugada porque el círculo de la postergación nos convence de que somos seres poderosos que no necesitamos dormir.

Al otro día parecemos zombis, aletargados y somnolientos, metidos cada vez más profundamente en ese círculo vicioso, queriendo de nuevo postergar pero con el agravante de tener un cuerpo disminuido y cansado que también nos pedirá postergar para poder descansar como se debe, al tiempo que la angustia en nuestra alma aumenta con cada tic-tac del reloj.

Para enfrentar a este poderoso círculo se necesita de estrategia pero sobretodo de disciplina y tenacidad.

Los horarios pueden parecer una cadena invisible que coartan nuestra libertad pero, a menos que tengamos la fortuna de ser libres financieramente con ingresos pasivos o con ingresos generados con arte o con algo que nos divierta haciéndolo cuando queramos, las responsabilidades del trabajo necesitan horarios que deben respetarse estrictamente. Y cuando digo estrictamente me refiero a que también deben respetarse en el otro sentido: Es decir, no permitirle al trabajo tomar más tiempo del planificado (excepto en situaciones extraordinarias donde los retrasos puedan ser real y objetivamente fatales). Trabajar demasiado no va a vencer al círculo de las postergación: Al contrario, eso lo puede alimentar y mantenerlo como una fiera enjaulada que a la menor oportunidad saldrá para destruir nuestra disciplina mediante una catarsis, cosa que puede tener consecuencias graves no sólo en nuestro ambiente laboral sino también en nuestra alma hasta el punto tal de deprimirnos al sentir la carga de las obligaciones en nuestra infeliz espalda  mientras nos mantenemos en una “carrera de la rata” para poder pagar las cuentas mes a  mes.

Sumario

  • Horarios y disciplina.
  • Eliminar las distracciones lo más que se pueda mientras se está en el horario laboral.
  • Y por último tal vez lo más importante. No permitir que el trabajo invada más tiempo del planificado. Que pase lo que tenga que pasar, pero si el tiempo planificado no es suficiente hay una de 3 situaciones: O hay un problema  de ineficiencias que se deben resolver primero con mucha honestidad, o tenemos demasiada carga para nuestra capacidad física e intelectual y es mejor que se haga evidente de una vez por todas, o definitivamente lo mejor es dejar de hacer ese infeliz trabajo que seguramente no nos va a llevar a ninguna parte en el largo plazo,  y un despido podría ser lo mejor que nos podría pasar.