El limbo de trabajar como independiente (o “cuenta propia”)

Algunos tendemos a pensar que si hace 10, 15 o 20 años hubiéramos sabido lo que sabemos ahora, podríamos habernos evitado la mayoría de errores que cometimos o tal vez habríamos aprovechado mejor las oportunidades que periódicamente se nos presentan en la vida y que muchas veces dejamos pasar por ignorancia, pereza o simplemente por falta de confianza. Y en eso pensaba en estos días cuando me auto-cuestionaba si había sido una buena decisión trabajar por cuenta propia desde hace ya varios años. Claro, lamentarse de lo que ya ha pasado sirve de muy poco; más importante es aprender la lección y hacer el compromiso de no volver a fallar de la misma manera.

En términos muy generales, existen tres formas básicas de generar ingresos desempeñándose en una actividad (lo que llamamos comúnmente “trabajo”):

Forma #1: Ser empleado al servicio de alguien más o de una empresa.

Forma #2: Trabajar como independiente o por cuenta propia desempeñando un oficio o prestando servicios profesionales.

Forma #3: Ser dueño o inversionista de uno o varios negocios en donde podemos tener un cargo administrativo, aunque no necesariamente.

Probablemente el 80% de las personas generan ingresos con la Forma #1 o la #2. Y, generalmente, en las economías sanas, la mayoría de la gente se gana su sustento con la Forma #1: Trabajando para otros o para empresas. Por supuesto, si la economía está sana, la mayoría de esos empleos deben ser formales, con prestaciones y contratos a término indefinido. No como está sucediendo en muchos países cuyos gobiernos se vanaglorian de sus logros cuando abunda la informalidad en el empleo, sueldos que dan risa y contratos a 1 año, 6 meses o incluso a 3 meses. Patético.

Ahora bien, debemos distinguir claramente  la forma número 3 de la 2, pues pueden confundirse. Por ejemplo: Ser dueño de un pequeño restaurante en donde es indispensable nuestra presencia durante una larga jornada diaria, es un caso más de la Forma #2, aunque se trate de un negocio. Realmente una persona que tenga un pequeño o mediano negocio del que no se pueda ausentar mucho tiempo, es más un trabajador independiente que un verdadero “dueño” de negocio o inversionista. Más bien, el negocio es el “dueño” de dicha persona. Por supuesto, cualquier negocio nos requerirá mucho tiempo al principio, especialmente si no tenemos un gran capital que nos permita contratar a otras personas que puedan operarlo.

Trabajar como independiente es, muchas veces, la única opción que parecieran tener algunas personas que no pueden lograrse emplear, ya sea por falta de contactos, ya sea porque no tienen los estudios que certifiquen el conocimiento requerido (así lo tengan), ya sea por falta de experiencia o simplemente -en la absurda sociedad en que vivimos- porque se es muy viejo o demasiado joven o, incluso, porque se es demasiado feo o hasta porque nuestra piel o cabello no tiene el color adecuado.

En mi caso, el trabajar como independiente fue una decisión personal debido a mi tendencia a saltarme las jerarquías y a no reaccionar muy bien cuando me dan ordenes o la dificultad que encuentro cuando me toca trabajar en grupo (eso es un defecto, claro está). Pero, más que todo, por la necesidad que tengo de organizar mi propio tiempo y trabajar a mi propio ritmo y estilo.

En este momento, puedo decir, por experiencia propia, que trabajar como independiente es como estar en un limbo. Un limbo desgastante en el que no se tiene ni la estabilidad propia de un empleo con un salario periódico fijo, ni el apalancamiento que puede dar un negocio o la figura jurídica de una empresa que poseamos.

Mi conclusión es que, para  las personas que se nos dificulta trabajar para otros, el mejor camino no es el de trabajar por cuenta propia a título personal, sino crear un negocio lo más rápido que se pueda siempre pensando en grande y al mismo tiempo, sabiendo que, en  las primeras etapas del negocio, lo más probable es que la ganancia sea nula, ya sea por la dificultades propias de un negocio nuevo, o las terribles estadísticas (de cada 10 negocios, sólo 2 llegarán a los 5 años), o porque las primeras ganancias deben reinvertirse para que el negocio pueda crecer y crecer.

Y si uno no es millonario y los recursos económicos son muy limitados (como los son para el 80% de los seres humanos), ¿cómo pensar en crear un negocio sin endeudarse (al menos no exageradamente)? Pues bien, un empleado que quiera crear un negocio, posiblemente pueda recurrir a la fuente de financiación más inmediata: Su propio salario. Claro, para mucha gente esto sería  cosa de risa  pues sus salarios apenas les alcanzan para llegar a fin de mes y, probablemente, ya están demasiado endeudados. Eso agrega dificultad extra. En ese caso lo que habría que hacer es poner las finanzas personales en orden y tratar de conseguir un mejor empleo, cosa que a veces no es muy sencilla.

El caso es que un empleado cuyo anhelo sea dejar de trabajar para los demás, que tenga un excedente de su sueldo mes a mes y cuyas finanzas personales se encuentren en un estado más o menos saludable, tiene una gran oportunidad de comenzar su propio negocio financiándolo con su propio salario. Claro, eso requerirá un sacrificio muy grande de tiempo de su parte.  Pero, a menos que tenga otra fuente barata de financiación que le permita contratar gente para que lo ayude mientran sigue laborando como empleado, probablemente sea la única manera de hacerlo: Llegar a casa después del trabajo y trabajar tal vez 4 horas diarias en su negocio… y probablemente también tenga que sacrificar algo de tiempo de sus fines de semana. Es duro, pero si el negocio empieza a crecer, valdrá mucho la pena.

Ojalá hubiera hecho eso antes. De esa manera tal vez hubiera podido renunciar a mi empleo cuando el negocio comenzara  a ser rentable de una manera interesante y sostenible. Me hubiera evitado el desgastante limbo de trabajar por “cuenta propia” en donde sólo se puede producir si se está presente y en donde si nos enfermamos o nos vamos de vacaciones o simplemente nos tomamos uno o dos días, nuestro ingreso se corta. Y ni que decir del estigma con el que muchos ven a los independientes. A veces pienso que, para efectos de pedir créditos, arrendar viviendas o contratar algún servicio privado, ser independiente es catalogado incluso peor que ser un desempleado en busca de empleo. Es casi discriminación.

Pero a veces tomamos un camino demasiado largo, y eso nos cuesta mucho tiempo.  Afortunadamente, ahora mismo tengo otra oportunidad de empezar mi propio negocio financiándolo con mis ingresos regulares. Si tan sólo lo hubiera sabido antes…