En realidad no existen los adultos

Frecuentemente me pillo siendo muy inmaduro. A veces creo que pienso muy similar a cuando era niño. Las mismas bobadas. Los mismos berrinches. Las mismas inseguridades. Lo diferente es que ya no hay tanta inocencia y que me sentiría patético si alguien averigua que sigo siendo el mismo niño de siempre sin importar la edad que tenga.

Un niño indefenso que sueña con tonterías pero que se pone una careta de adulto para que no lo juzguen. Seguramente lo mismo le pasa a muchos.

Tal vez por eso para muchos la idea de la reencarnación es tan atractiva, porque se puede volver a ser niño, o sea que uno puede volverse a quitar esa incomoda careta. Y podemos volver a vivir como antes cuando en cada día parecía que pasaban mil cosas y el tiempo pasaba tan despacio que en la mañana pensábamos que la noche se demoraba muchísimo en llegar, y efectivamente era así. ¿Por qué recordamos tantos detalles pequeños de la niñez entre los 5 y los 11 años? Porque nos marca lo que pasa allí. Porque nos sorprendíamos absolutamente todos los días. Porque el tedio era una cosa incomprensible.

Por eso mismo es un crimen atroz maltratar a los niños. Imperdonable. Es casi como matar.

Ahora sigo siendo el mismo niño pero con mi careta de adulto y mis aburridas rutinas que llenan mi vida de tedio porque hay que hacerse el serio. No vaya ser que los demás piensen que soy un tonto. Primero muerto que sencillo.

Niños y Adultos – José Emilio Pacheco

A los diez años creía
que la tierra era de los adultos.
Podían hacer el amor, fumar, beber a su antojo,
ir a donde quisieran.
Sobre todo, aplastarnos con su poder indomable.

Ahora sé por larga experiencia el lugar común:
en realidad no hay adultos,
sólo niños envejecidos.

Quieren lo que no tienen:
el juguete del otro.
Sienten miedo de todo.
Obedecen siempre a alguien.
No disponen de su existencia.
Lloran por cualquier cosa.

Pero no son valientes como lo fueron a los diez años:
lo hacen de noche y en silencio y a solas.