Espontaneidad total sin planes y objetivos: ¿La clave para encontrarse uno mismo?

En nuestra sociedad moderna, que supuestamente es guiada por una brújula racional aunque eso es claramente cuestionable, hay una especie de sobre planeación que supuestamente asegura una mejor coordinación de lo queremos conseguir colectivamente y una probabilidad más alta de éxito. Pero la sobreplaneación realmente entorpece la fluidez de la vida llevándonos muchas veces a la parálisis por análisis, a vivir unas vidas con constantes interrupciones de lo urgente sobre lo importante y a una lucha incesante entre nuestra mente y nuestra alma.

Cuando oigo aquello de “encontrarse a sí mismo” no puedo evitar acordarme de los ermitaños. Supuestamente la decisión de aislarse de la sociedad y vivir una vida extremadamente básica lleva como fondo casi siempre el fin supremo de encontrarse a sí mismo que según leo por ahí significa “aceptarse plenamente, ponerse en valor, tener confianza, conectar con nuestro propósito vital, y tener la conciencia de estar en el camino”.

Y a pesar de aquel fin supremo, en realidad los verdaderos ermitaños no trazan programas racionales con el fin de alcanzar la meta, ni siquiera se plantean objetivos más allá de EL propósito fundamental y espiritual. Aparte de ajustarse a una rutina de vida dura y frugal en extremo pero desligándose al mismo tiempo del reloj como control del tiempo, los ermitaños se desprenden de la línea racional que supuestamente guía a nuestra sociedad.

¿Funciona ser ermitaño? Me imagino que, como casi todo, algunas veces sí y otras no.

De cualquier forma creo que para encontrarse a uno mismo, no es imprescindible volverse ermitaño aunque si es necesario copiar esa actitud de olvidarse de la planeación racional continua y la fijación de objetivos mundanos. Incluso, el desprendimiento del control del tiempo por el calendario y el reloj convencionales pueden ser grandes catalizadores en nuestro proceso interior.

Creo que otro camino, un poco menos sufrido que el que escoge un ermitaño, es privilegiar la espontaneidad de nuestro ser. Hacer las cosas porque nos gusta, porque amamos hacerlas y, muy importante también, porque TENEMOS GANAS de hacerlas en el momento presente. Si no le hacemos daño a los demás actuando espontáneamente, es totalmente seguro que tampoco nos haremos daño a nosotros mismos y, por el contrario, podríamos vivir la vida mucho más plena y equilibradamente, sin esas cargas que llevamos a cuestas al tratar de alcanzar lo que la sociedad espera de nosotros, o por las imposiciones cuadriculadas de nuestra mente y el mundo material.