La importancia de la sincronicidad al emprender

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No hay duda de que el emprendimiento es la semilla de la generación de la riqueza de una ciudad, de un país y del mundo entero. Sin emprendimiento, posiblemente siguiéramos viviendo en un mundo lúgubre con una insalubridad rampante, una tecnología rústica con poco apalancamiento y un oscurantismo de las ideas como en la Edad Media. Es el emprendimiento, fundamentado inicialmente en sueños de un mejor futuro, pero regido por trabajo y talento humano, lo que genera el progreso de una sociedad no sólo en el aspecto material, sino también en la política y en la conquista de las libertades individuales y colectivas.

Hay una frase, un poco cliché, de que el éxito de cualquier emprendimiento es 1% inspiración y 99% transpiración, refiriéndose a que las ideas son poco si no se deja el alma trabajando en la práctica por desarrollarlas. Esta frase en si misma es bastante inspiradora y en últimas tiene mucho de realidad, pues ser un gran pensador y soñador puede que sea algo fundamental, pero si nos la pasamos soñando, planeando y pensando, sin llevar a la práctica o sin tener la suficiente constancia y flexibilidad para convertir las ideas en hechos, nos convertimos en filósofos de lo que puede llegar a hacerse pero nunca se hace… o al menos, nunca lo hacemos nosotros mismos, sino que en ocasiones lo hará alguien más… y cuando eso pasa no necesariamente lo hace alguien más preparado que nosotros.

En la ejecución de nuestros planes para convertir nuestras ideas en hechos, hay algo que sin duda puede llegar a ser un catalizador importante: El talento. Todos los seres humanos tenemos talentos, y una persona que se toma la reflexión y el tiempo necesarios para conocerse a si misma tiene más o menos claro cuales son sus talentos; y digo mas o menos porque a veces tenemos talentos reprimidos por los miedos de nuestra mente. Sin embargo, el talento a veces es sobreestimado.  De nada sirve si no se explota adecuadamente. De nada sirve si no se tiene la constancia y el esfuerzo para concretar nuestros emprendimientos.

¿Es entonces la tenacidad del emprendedor la clave para lograr el éxito en sus emprendimientos? Muchos dicen que si. Personalmente lo sigo averiguando. Pero hay otro elemento que, a mi juicio y en base a lo que he vivido en mis pequeños éxitos y fracasos, tiene igual importancia que la tenacidad: La sincronicidad con lo que está pasando allá afuera, en la ciudad, en el país, en el mundo.

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En algún libro, de esos de formación del emprendedor, leí que para emprender no hay que esperar que “todos los semáforos estén en verde” porque de esa manera jamás haremos nada, pues siempre habrá alguna excusa, algún obstáculo, alguna situación que nos pone el “semáforo en rojo” para iniciar el emprendimiento. Palabras más, palabras menos, se anima al emprendedor a sentirse cómodo con cierto nivel de riesgo e incertidumbre. Y si tomamos el fracaso como lo que debe ser, es decir, como un  maestro que nos señala errores que no debemos cometer en nuestra siguiente batalla, entonces es claro que debemos arriesgarnos de una manera más o menos calculada así no todos los vientos nos soplen favorablemente, pues en últimas lo peor no es que fracasemos sino que nunca lleguemos a hacer algo que valga la pena por miedo a fracasar.

Pero así como no se puede esperar que todos los semáforos estén en verde, tampoco podemos irnos al otro extremo de emprender contra la corriente y con enormes riesgos e incertidumbres, es decir, cuando la mayoría de o absolutamente todos “los semáforos están en rojo”. Todos los aspectos de nuestra vida en la Tierra son cíclicos. Todos. Hasta la misma vida. De esa manera, en cada campo profesional, en cada actividad, en cada caso personal hay épocas propicias para emprender con un riesgo calculado y hay otras en la que sería equivalente a lanzarse en paracaídas encima de un volcán en erupción.

Aparte de nuestra situación personal (dinero, familia, trabajo, entorno), los emprendedores necesitamos estar informado de lo que está pasando en nuestro campo de acción para determinar si hay más “semáforos” en verde o en rojo en un momento determinado y concluir si es el momento de emprender o tal vez de aguantarnos sabiamente un poco. Y también, el criterio personal sin dejarse influir por ánimos externos es igualmente importante; esto es porque normalmente las épocas de “boom” o de auge en algún campo no son necesariamente las mejores para emprender como muchos suelen pensar. Al contrario, es generalmente en las épocas muy anteriores a los booms cuando los “semáforos” se comienzan a poner en verde.

Nadie niega, por ejemplo, que emprender en una situación de una fuerte recesión económica (o incluso depresión) es difícil y necesita casi que de nervios de acero. Pero la economía tiene sus ciclos y como cualquier ciclo hay puntos de inflexión (o cambios de tendencia). La mayoría de la gente se da cuenta de los cambios en la economía en dos puntos del ciclo: En las crisis y en las consolidaciones. Pero casi nadie se entera de los momentos precisos cuando los cambios de tendencia suceden, pues estos no suelen ser muy espectaculares sino bastante graduales.

Sin duda, los emprendedores con los ojos y oídos bien abiertos que sean capaces de identificar tempranamente esos cambios de tendencia en un mercado o en su campo de acción tienen un privilegio enorme: Se dan cuenta que ya hay el suficiente número de “semáforos” en verde para poner manos a la obra… y cuando llegue el “boom”,  ya ellos llevarán una casi que insuperable ventaja.

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