La “izquierda” política es sencillamente antinatural

Limitar el pensamiento político a ser simplemente de “izquierda” o de “derecha” es demasiado extremo. No tiene mucho sentido. Es como decir que el mundo es blanco y negro sin matices. O que el mundo se divide tajantemente en buenos y malos. Sin embargo, al tomar las descripciones básicas de “izquierda” y “derecha” en política con un sentido crítico, es muy difícil  no pensar que los ideales de izquierda son realmente antinaturales y utópicos. Irreales.

La base de la “izquierda” es la igualdad social, una igualdad que es realmente imposible de conseguir pues, como muchas veces se ha dicho en este blog, las mismas reglas de la Naturaleza alientan las diferencias y las ventajas de unos seres sobre otros.

Y nosotros estamos regidos también por la Madre Naturaleza. Pretender que todos los seres humanos se rindan y actúen bajo los conceptos de igualdad es desconocer no sólo las leyes de la Madre Naturaleza sino la propia naturaleza humana que tiene un fuerte componente de individualismo y deseo de superación, reconocimiento social y dominio. Nuestros propios instintos animales hacen que en nuestras sociedades siempre existan los depredadores y los depredados como en la misma selva. 

Eso no significa que nuestras sociedades deban caer en la anarquía, pues incluso hasta las especies inferiores como los insectos poseen sofisticados mecanismos de ordenamiento social que ayudan a que sus hábitats funcionen en un orden más o menos previsible que evita el caos que conduciría a la extinción.

Los partidos o gobiernos de izquierda más radical están condenados al fracaso por la sencilla razón de que sus objetivos son inalcanzables.

Un programa de gobierno basado ante todo en la “igualdad social” es un programa que muere en el mismo papel porque es inaplicable e irreal. Dicho programa no hará más que generar frustraciones constantes que se intentarán enmendar con más políticas equivocadas, ahondando aún más en el fracaso.

Ejemplos de estos fracasos sobran en la historia: La Unión Soviética, Cuba y Venezuela por mencionar unos pocos. Y la “marea rosa” de Latinoamérica cuyo legado fue el autoritarismo de algunos gobernantes, estados paquidérmicos con enormes gastos sociales insostenibles y una gran corrupción política movida por la codicia de unos pocos.

Nuestra inteligencia humana nos debe mover hacia sistemas de gobierno que garanticen la “igualdad de oportunidades” con servicios de salud y educación de calidad independientemente de la situación financiera de los ciudadanos o la influencia de la “palancas” sociales. Pero todo se debe hacer desde un marco de libertades civiles que impulsen el sano individualismo y la competencia entre los seres humanos para el mejoramiento de la sociedad. Igualdad de oportunidades es algo muy diferente a la pretendida “igualdad social” que pregonan las bases de la izquierda.

Los Estados paquidérmicos son fuente de subdesarrollo e involución de la sociedad. Las prioridades de los Estados no deben ser administrar petroleras, hacer negocios o repartir subsidios a diestra y siniestra. Entre otras cosas, porque los subsidios crean paternalismo estatal que termina por convertirlos en obligaciones que con el tiempo pasan a ser insostenibles, además de fomentar la victimización de los más pobres que pierden estímulo para romper el círculo de la pobreza por sí mismos con tenacidad y verdadera productividad. Los subsidios, en términos económicos, son enemigos de la productividad de un  país.

El Estado sí debe proteger con fuertes apoyos institucionales a ciertos sectores poblacionales que son extremadamente vulnerables como los menores de edad, los estudiantes universitarios (hasta cierta edad), los adultos mayores, o las personas con discapacidad física, mental o emocional permanente. Pero para el resto de la población el Estado debería concentrarse más que todo en garantizar servicios de salud con cobertura y calidad,  y muy especialmente un sistema educativo de alta calidad para que cada cual pueda desarrollar su capacidad y potencial que de hecho lo puede llevar hacia una diferenciación individual dentro de  la sociedad, cosa que no es mala sino bastante deseable: Tener cada vez más miembros destacables y destacados, en vez de pretender tener miembros cada vez más iguales.

La izquierda política en su base es utópica. Parte de una premisa equivocada. Afortunadamente el mundo no es negro ni blanco, y la izquierda tiene matices.