La magia espiritual de una miserable monedita

Cuando estaba adolescente y estudiaba me pasó algo extremadamente curioso. Algo que puede parecer a simple vista demasiado insignificante pero que para mí ha sido la prueba reina de la existencia de un mundo invisible que no podemos ver con nuestros ojos físicos pero que tiene una incidencia demasiado grande en la vida sobre este minúsculo y hermoso planeta. Paradójicamente, esta prueba reina está ligada a algo material y a una graciosa situación nada seria e incluso un poco infantil.

Pues bien, resulta que mi niñez y adolescencia no fue precisamente llena de opulencia sino más bien llena de carencias aunque, eso sí, no recuerdo que hayamos pasado hambre. En medio de las dificultades siempre salíamos adelante en el día a día. Como muchos, yo tomaba el autobus para ir a estudiar. Muchas veces, aunque no siempre, salía solo con el dinero estrictamente necesario para el autobus, de tal manera que no había forma de comprar merienda o gastar en algo más.

Uno de esos días, por alguna razón, perdí una sola miserable moneda (de $20 en aquel entonces) y por lo tanto me quedé sin el dinero suficiente para devolverme a casa. La distancia era considerable. Irse a pie podría durar unas agotadoras 3 horas que, a pesar de que era muy joven, era extenuante especialmente después de estar todo el día en clases.

Los $20 eran un valor insignificante. No creo que se pudiera comprar ni siquiera un refresco en esa época. Pero esa moneda era lo que me separaba de irme cómodamente en autobus (bueno, a veces no era tan cómodo).

Claro, tenía la opción de pedir prestado a algún compañero. También tenía la opción de pedirle el favor al chofer del bus (en aquella época cuando no habían tarjetas inteligentes y el propio chofer era quien recibía el pago) que me llevara por un precio más bajo saltando por encima de la máquina registradora. Pero mi timidez unida con cierto orgullo que me obligaba a ocultar el hecho de ser tan pobre, me impidió tomar alguna de esas dos opciones. Decidí entonces caminar.

Estaba MUY cansado. Mucho. Seguramente llegaría ya cuando era noche, con hambre y con las piernas adoloridas especialmente en el área de las rodillas. Con mucha desesperanza  inicié a caminar y comencé muy inocentemente como un niño llorón a implorarle al cielo, a Dios, a los ángeles o a quien sea que me escuchara en el mundo espiritual, que me enviara una moneda de $20. No necesitaba más. Sólo eso.  No una de $100, o de $200, sólo una de $20 para poderme ir en autobus.

Cuando iba a completar los primeros 20 minutos de mi triste travesía a casa, algo me impulso a caminar mirando el piso, específicamente el césped que estaba al lado de las aceras. Lo empecé a mirar con detenimiento.  Y, en un momento increíble, en una calle atestada  de carros donde casi no había peatones, algo brillante escondido en el césped llamó mi atención.

Sí, exactamente. Era una moneda de $20. Seguramente a alguien se le había caído. Pero, por favor,  ¿qué probabilidad había de que justo esa moneda estuviera en mi camino, y que justo me iba yo a poner a mirar el césped de esa zona mientras caminaba y, mejor aún, que a pesar de estar oculta entre el césped, tuviera yo los suficientes ojos para descubrirla?

Di gracias (a no sé quién). Tomé el autobus y pensé. Y pensé. Y pensé. Y aún hoy en día, muchos años después, sigo pensando en aquello.

No creo que sea simple casualidad. No creo que sea simple poder mental que se manifestó. No creo que sea simplemente la “ley de la atracción”.

Lo que creo es que, efectivamente, algo o alguien debió escuchar mis clamores. Algo o alguien de aquel mundo invisible. O, como muchos creen, del centro de comando de esta realidad virtual o simulada en la que vivimos.

Yo creo en los ángeles. Y ese episodio, aunque gracioso e infantil, es una de la razones por las que creo en los angeles.