Lidiar con el ego de los seres humanos

Una de las cosas más difíciles en las relaciones interpersonales es lidiar con el ego de los demás. Y no es porque el ego sea algo dañino en sí mismo, pues absolutamente todos tenemos ego, sino por las limitaciones que le imponemos al ego al considerarnos un individuo muy especial separado de los demás, del mundo y del Universo en sí.

Lidiar con el ego de los demás es frecuentemente difícil porque el ego muchas veces hace actuar a la gente de maneras desagradables, competitivas en extremo, dañinas, vengativas, odiosas o envidiosas. Personalmente, una de las cosas por las que me gusta trabajar de manera remota (vía Internet), en vez de en una oficina convencional, es que no tengo que lidiar con tantos egos a diario, aunque puedo decir con propiedad que eso no garantiza mucho, pues al usar herramientas de comunicación en línea (por ejemplo Skype, Slack e incluso el e-mail) también estamos expuestos al ego de los demás, a veces en formas demasiado perceptibles e incómodas, aun si la comunicación no es cara a cara.

¿Cuál es la mejor manera de lidiar con el ego de los demás? Algunos tal vez aconsejen simplemente ignorar. Creo que eso está bien en principio, pero es extremadamente difícil, especialmente en un ambiente enrarecido por disputas ego maniacas ya sea en el trabajo, o con los vecinos, o incluso con la familia y los amigos. Hacer como si uno fuera de palo y no sintiera  no es viable siempre. Somos seres sintientes y emocionales, y tratar de pretender que no lo somos o actuar como autómatas sin sentimientos es antinatural.

En mi opinión, para lidiar eficazmente con los egos de los demás hay que atacar el problema de raíz: Nuestro propio ego. Sentirnos atacados, envidiados, odiados, o superados, son sentimientos que tienen como base nuestros propios miedos, y esos miedos surgen como consecuencia de tener también nosotros un ego distorsionado. Muchas veces son sentimientos infundados por la mente y nada tienen que ver con la realidad. Otras veces tienen alguna base real pero son amplificados por el ego al creernos aquel ser especial (separado como individuo) que no se merece aquel trato.

Si dejamos de limitar nuestro ego al creernos especiales y empezamos a vernos a nosotros mismos como parte de todo y de todos, comenzamos a identificar la razones de las molestias que sentimos en las relaciones interpersonales. Lo que vemos desagradable en las formas de ser de los demás tiene mucho que ver con ese sentimiento distorsionado de autoestima cuyos niveles pasan constantemente del complejo de superioridad al de inferioridad.

Tener una visión de sí mismo más equilibrada nos lleva a comprender mejor el actuar de las personas y a tener más empatía sincera. De esa manera, nosotros mismos actuaremos de formas que pueden amortiguar la “mala vibra” de la gente con la que interactuamos o incluso a borrarla del todo al darnos cuenta que los vericuetos de nuestra mente son los que inventan o amplifican en muchas ocasiones situaciones que nos causan malas emociones y que en la realidad son pequeñeces sin mucha importancia.

No estoy diciendo que no haya gente que actúe de mala fe. Por supuesto que la hay. Pero incluso, si entrenamos a nuestro ego para ser más empático gastaremos menos energía en pensamientos negativos referente a los demás, y a lo mejor nuestra intuición nos puede dar una mano para identificar aquella poca gente realmente tóxica de la que sí debemos alejarnos lo más pronto posible.

La mayoría de las personas no actúa mal con nosotros por maldad sino por ignorancia, por equivocación o por un ego distorsionado al no conocernos lo suficiente e identificarnos como una amenaza. La mayoría de la gente no es tóxica y sólo requiere algo de empatía.

Tenemos que dejar de centrarnos tanto en nosotros mismos como individuos y ponernos en los zapatos de los demás. No somos tan especiales al fin de cuentas. Y muchas cosas “malas” de las que vemos en los demás, son reflejos de nuestro propio lado oscuro.