Morir con dignidad: Uno es dueño de su cuerpo… y de su vida

Si uno es adulto, la eutanasia debería ser un derecho sin discusión. Que moralmente la gente sienta que no está bien, vaya y venga. Pero la sociedad no tiene porque obligar a otra persona a vivir con sufrimiento constante o a condenarla a una vida miserable simplemente por no facilitarle una muerte digna, especialmente si esa persona está siendo carcomida por una enfermedad progresiva, incurable o extremadamente dolorosa.

Los sistemas médicos deberían permitir la eutanasia en cualquier caso. De hecho, debería ser totalmente legal el suicidio asistido aún si no se está enfermo con el único requisito de ser una persona adulta y estar en plenas facultades mentales certificadas por un psiquiatra. El cuerpo y la vida son de cada cual y pretender que el Estado regule esa autonomía no es algo lógico.

En el caso de los enfermos, someter a las personas a una agonía, dolores muy intensos y una degradación física que lesiona su dignidad como seres humanos es lo que no debería ser ético. Por supuesto, a menos que la persona quiera seguir dando la pelea por la vida.

Morir con dignidad debería ser un derecho fundamental consagrado en todas las constituciones nacionales. Y también morir cuando un adulto con plenas facultades intelectuales decida hacerlo por encima de cualquier consideración ética o moral.