Taiwán – O la hipocresía democrática del mundo

Una importante muestra de la hipocresía de nuestro actual orden político y económico en el entorno internacional es el aislamiento sufrido por la isla de Taiwán, que fue expulsada de las Naciones Unidas en 1971, pese a ser un país democrático, y todo para favorecer a la dictadura de la China continental.

Desde 1945, Taiwán y China continental mantienen un tenso litigio político en donde ambas partes reclaman la totalidad del territorio chino. El gobierno de la isla de Taiwán se considera a sí mismo como el gobierno legítimo de China en una especie de exilio impuesto por los comunistas que gobiernan desde Pekín, mientras que el gobierno de la China continental (una potencia mundial) considera a Taiwán como una simple provincia rebelde y exige a todos los países que entablan relaciones con China continental, que rompan a su vez relaciones con Taiwán en lo que han denominado la política de “una sola China”.

La diferencia más importante entre los dos regímenes es que mientras el gobierno de Taiwán es elegido democráticamente en un territorio donde las libertades civiles se respetan, la China continental es una dictadura gobernada por los miembros de un único partido que restringe las libertades civiles de su pueblo (exceptuando el territorio especial de Hong Kong en el que afortunadamente aún queda algo de Democracia heredada del anterior control británico).

En un mundo congruente, los países democráticos sólo establecerían relaciones políticas y económicas (y hasta cierto punto sociales) con otros países donde igualmente se respeten los valores democráticos para elegir a los gobernantes. Pero este no es un mundo congruente, sino un mundo hipócrita.

Constantemente escuchamos discursos donde los políticos hacen llamados al respeto de los valores democráticos y las libertades civiles, pero al mismo tiempo, cada día que pasa, le entregan más y más el control de la economía mundial a la dictadura china que continua inundando el planeta de mercancías fabricadas o ensambladas en su territorio (en muchos casos, esas mercancías salen de inmensas fábricas llenas de trabajadores abnegados con bajos salarios y condiciones de trabajo deprimentes) a la vez que destruye sistemáticamente el aparato productivo de los países democráticos, incluyendo a los de Norteamérica y las potencias europeas, causando desempleo, deterioro de salarios y poder adquisitivo, quiebra de industrias locales y una dependencia malsana de una dictadura.

Por otro lado, Taiwán sufre un terrible aislamiento. Sólo una veintena de países tienen relaciones diplomáticas reconociendo a  la isla como Estado. Dichos países son, a su vez, Estados muy pequeños y con poco peso en el escenario internacional, por lo que dicha situación no le quita el sueño a la China continental. Entre esos países tenemos por ejemplo a El Salvador, Paraguay y República Dominicana.

Dos casos recientes en los que países “democráticos” rompieron relaciones con Taiwán para privilegiar las “oportunidades comerciales” con la dictadura china son los de Panamá y Costa Rica, que tal vez eran los países de mayor peso que seguían apoyando a Taiwán. Triste hipocresía.

Esta forma de defender los valores democráticos solamente cuando conviene y cuando no afectan intereses comerciales, es una de las causas de la mutación que experimenta la Democracia actualmente hacia una Corporatocracia global que finalmente desembocará en una sutil dictadura mundial, disimulada en muchos casos mediante una fachada política donde los gobernantes de muchos países no serán más que fichas impuestas por el control mediático de las corporaciones y el entretenimiento de la cultura pop. Mientras que en otros países seguirán gobernantes autoritarios pero que cuentan con el beneplácito de las grandes élites corporativas globales (como ya sucede con el gobierno de China continental), pues dichos gobernantes ayudarán a la rentabilidad de los negocios de estas corporaciones ya sea con generosas licencias para explotar materias primas o con condiciones laborales muy “competitivas” (para los miembros de dichas élites, y no tanto para los trabajadores).

¿Cómo salvar al mundo de aquella Corporatocracia? Personalmente lo veo muy difícil, casi como un objetivo quijotesco, aunque no creo que sea imposible. De todas maneras, si uno se pone a analizar el escenario actual, no parecen haber organizaciones, líderes o partidos lo suficientemente preocupados y dedicados a trabajar contra esta mutación que, de seguir, nos convertirá en una civilización distópica. El mapa político del mundo quedará conformado, por una parte, por regímenes totalitarios  y, por otra, por regímenes donde se ejerza un estricto y maquillado control social mediante herramientas como la industria del  entretenimiento, la enorme frivolidad esparcida por publicidad manipuladora en los medios de comunicación masivos y el deprimente materialismo de la “felicidad artificial” impuesta culturalmente en favor de la rentabilidad de las corporaciones dominadas por un grupo reducido de individuos pertenecientes a poderosas élites económicas.

Tal vez necesitamos un nuevo partido político global (aunque deberá empezar en alguna parte de manera local) con ideales pragmáticos y que se distancie de los conceptos tradicionales de izquierda y derecha, centrándose en la defensa feroz de la Democracia real, con la regulación necesaria y suficiente para que las corporaciones no sigan tomando el control de las decisiones políticas que afectan a los pueblos. Decisiones políticas que en últimas siempre deben estar encaminadas no a garantizar la igualdad de condiciones como pretende el comunismo o el socialismo, sino a garantizar la igualdad de oportunidades para la gente, con muy buenos servicios de salud, educación y bienestar a los que se pueda acceder independientemente de la situación financiera o de que se pertenezca o no a una élite; un partido político cuyo ideal máximo sea la instauración de Democracias con un equilibrio entre capitalismo y adecuada regulación que facilite la generación de riqueza con equidad, la prosperidad de los negocios y la defensa contra monopolios globales de mega corporaciones que controlan muchos mercados al mismo tiempo y a las cuales es casi imposible competirles si no existen las leyes necesarias para proteger negocios más pequeños.

Ahora mismo, no si se exista un partido, organización o movimiento de ese estilo en el mundo, por lo menos no parece muy visible en el contexto mundial. Pareciera  más bien que todos los partidos políticos actuales y organizaciones internacionales de una u otra forma tienen su cuota personal en este mar de hipocresía del actual orden mundial. La hipocresía que aísla al valiente gobierno y sociedad de la admirable Taiwán.

Espero que los gobernantes de aquella isla persistan en sus valores democráticos y, aunque sea muy difícil, recuperen algún día el control político de la China continental para el bien de la humanidad. ¡Viva la Democracia! ¡Viva Taiwán!