Viajar (por turismo) está realmente sobrevalorado. Y algunas razones por las que odio viajar.

Dentro de los forzados “axiomas” que nos vende el mundo moderno para ser feliz (entre los cuales están cosas tan dispares como tener hijos obligatoriamente para alcanzar una vida plena, inscribirse en un gimnasio por razones de “salud” sin importar que se agregue más estrés de actividades a la vida cotidiana, invertir en un estrecho apartamento que durarás pagando 20 ó 30 años, asistir a seminarios con gurús para hacer “networking”, o hasta tomar ayahuasca para purificar el espíritu porque se supone que los indígenas son supuestamente más sabios que el resto de la gente y hay que creerles), hay uno que se ha ido masificando importantemente en los últimos años debido a la globalización y en buena medida también, según yo, a la tonta influencia de las redes sociales y la necesidad que tiene la gente de demostrarle a los demás que es feliz: Viajar por el mundo… como turista, cosa que detesto y que realmente pienso que está sobrevalorada.

Muy seguramente hubo una época en que viajar por el mundo era fascinante. Y aunque hoy en día también puede serlo, la globalización está haciendo que muchos lugares distantes el uno del otro tiendan a parecerse cada vez más, al menos desde el punto de vista urbano, por lo que hacer turismo en las grandes ciudades es cada vez menos excitante.

Pero esa es sólo una pequeña razón, y tal vez la menos importante, que tengo para odiar los viajes de “placer”. Existen muchas más razones y aquí enumeraré algunas pocas que tal vez son las más relevantes.

Pero antes quiero aclarar que soy consciente que, diferente al turismo urbano de grandes ciudades, nuestro planeta ciertamente tiene lugares naturales fascinantes que vale la pena ir a conocer. El problema es que conocer algunos de esos lugares puede convertirse en un dolor de cabeza justamente debido al turismo, a los turistas y a todos los demás seres humanos necesarios para que la experiencia del viaje se desarrolle de la manera convencional.

De otro lado, paradójicamente, hay muchos sitios naturales donde la misma Naturaleza pone las barreras y se necesita un espíritu aventurero y algo arriesgado para conocer dichos sitios que generalmente no poseen una gran infraestructura turística e incluso pueden llegar a ser algo peligrosos para una persona acostumbrada a las comodidades de la vida urbana. A mí me encantaría ir más a esos sitios, pero probablemente me tocará ir solo porque es poca la gente dispuesta a pasar incomodidades o arriesgar incluso su seguridad para disfrutar de la majestuosidad de la Naturaleza en sitios remotos y casi solitarios.

Las razones más importantes

Estas pocas razones tienen un común denominador: La gente. Y aunque afirmar esto puede hacerme ver como un ogro antisocial o misántropo, debo aclarar también que en los viajes que he hecho nunca me he comportado mal o de manera arrogante o despreciable. O al menos que yo me haya dado cuenta. Al contrario, a pesar de ser introvertido y una persona más bien solitaria, me esfuerzo bastante para ser amable, respetuoso y minimizar cualquier mal impacto (la huella del turismo) que pueda tener mi visita o la de mis acompañantes. Pero, eso no es suficiente. Los seres humanos son complejos, y aun cuando uno se esfuerce 300% para ser un buen ser humano, o al menos una persona correcta, siempre encontraremos barreras que confirman lo de aquel dicho: “El infierno son los demás”.

Los aeropuertos. Detesto con toda mi alma viajar en avión. Y no por miedo a las alturas o porque no disfrute ver las nubes durante el vuelo. Detesto viajar en avión por todo el proceso de checking, por tener que estar con horas de antelación para todo, por los empleados malgeniados y arrogantes de las aerolíneas, por los pasajeros maleducados, por los pasajeros sucios y desconsiderados, por los decadentes e irrespetuosos procesos de migración, por las requisas, etc., etc., etc.

Los hoteles. Por supuesto que hay hoteles que se esfuerzan por dar un gran servicio al cliente, pero con la masificación del turismo internacional, los hoteles promedio generalmente dejan mucho que desear. Prometen cosas que no cumplen, sus instalaciones son decadentes, su personal es grosero o desatento, sus servicios deficientes y costosos para lo que ofrecen, e incluso es difícil confiar en la seguridad de un hotel promedio hoy en día.

Las “cosas para hacer”. En mi concepto de vacaciones perfectas siempre le he dado mayor prioridad al descanso, la relajación y el ¡NO HACER NADA! preferiblemente al lado de una hermosa playa con aguas cálidas y, sobretodo, con ¡POCA GENTE! Sin embargo, entiendo que cada sitio tiene cosas típicas para hacer y que no hay nada de malo en que los turistas quieran experimentarlas. Pero, personalmente, para mí la mayoría de esas actividades o “sitios turísticos” casi siempre resultan en grandes decepciones, desperdicio de dinero y un cansancio extra para la mente y el cuerpo cuando debería estar descansando y comiendo delicioso al lado de la playa. Por eso, también detesto aquellos planes “todo incluido” donde te recogen a una determinada hora para ir a “divertirse” con las opciones típicas para turistas. Muchas de esas opciones terminan siendo trampas para turistas con el fin de ordeñarlos económicamente por el triple del precio cuando lo ofrecido realmente no es tan maravilloso ni divertido.

Las comidas. Comer como turista es, frecuentemente, caro y decepcionante. Sin mencionar la mala atención o la congestión de los sitios más populares. Eso de ser un trotamundos de sazones y sabores suena mucho mejor de lo que realmente es. No es raro terminar de comer para pagar una cuenta suntuosa (y con una propina igualmente suntuosa y muchas veces inmerecida) por una comida que no le llega a los talones a lo que comes habitualmente en tu casa con la tranquilidad de tu cotidianidad, o incluso que no es mejor que la hamburguesa promedio que hubiera resultado más barata y deliciosa en una plazoleta de comidas de cualquier centro comercial.

Conocer la cultura local. Ya lo dije anteriormente. Aunque muchos trotamundos dicen que esta es la mejor parte de viajar, yo difiero al menos cuando se viaja como un turista típico. Los lugares turísticos generalmente no tienen los mejores seres humanos locales como habitantes. Al contrario, se encuentran tal vez los más mezquinos y que te ven sólo como dinero andante. Y si les demuestras que no quieres gastar, te tratan como un ser humano de segunda. Tengo claro que, si quiero conocer la cultura local, debo visitar sitios no turísticos, y evitar también las grandes ciudades.

Para finalizar debo enfatizar que sí es posible viajar como turista y disfrutarlo. Pero necesitas bastante DINERO. Esa es la cruda realidad. Punto. Si se quiere disfrutar como turista hay que evitar todo lo promedio. De lo contrario es mejor viajar con otro enfoque diferente al turismo.

Como decía alguien: “Existe un mundo mejor, pero es mucho más caro”. Eso aplica muy bien para el turismo hoy en día.