Yo quiero a Colombia… pero a veces la odio

Según una supuesta medición, que no entiendo muy bien como la hicieron, los colombianos somos los más felices del mundo. O al menos estamos entre los más felices (otra medición dice que son los habitantes de Islandia y otra los de Noruega, en fin). Algo paradójico, teniendo en cuenta los grandes problemas de violencia que ha tenido este país desde hace muchas décadas, la terrible desigualdad social, un regionalismo estúpido que hace que los de una región odien (sin más ni más)  a los de otra región y una tara, al parecer incrustada en la genética del colombiano promedio, que lo hace ser muy proclive a sacar provecho egoísta de los demás porque “el vivo vive del bobo” y “no hay que dar papaya”. Pero, la verdad es que esa medición es una mentira. Los colombianos no son los más felices del mundo. Tal vez puedan competir en el ranking de los deshonestos, o en el de los envidiosos… o quizá, y de este casi estoy seguro, en el ranking de los países que más aparentan una falsa felicidad para no aceptar que su país es muy hermoso pero, lamentablemente, está lleno de colombianos.

No, no odio a Colombia. O si, la odio. A veces.

Me cansa esa estúpida idiosincrasia de hacerse el chévere, el que es feliz, el que se la sabe todas, el “echao pa’ lante”, el “verraco” (o “berraco”), el p*** de aguadas, el que no se vara…. bah,  puras tonterías. Si así fuera, seríamos como Alemania, o Noruega, o Japón… pero apenas si le ponemos ganar a Bolivia… y eso.

Colombia es un país de gente deshonesta (no todos, por supuesto), de gente que le da envidia los triunfos del vecino o del “amigo” (incluso de la propia familia). Un país donde uno puede encontrarse un ladrón en cada cuadra. Y no me refiero sólo a los atracadores, sino también al estafador que monta una academia de inglés “chimba” para tumbar “marranos”, o el taxista miserable que cobra $2000 de más en cada carrera o que manda a “arreglar” el taxímetro para que marque de más, o el vendedor de celulares del bajo mundo al que le proveen aparatos de dudosa procedencia, o al temible gamín que es capaz de matar por unos cuantos pesos, o los lagartos de corbata y costosos trajes que no son más que unos ladrones asquerosos aprovechándose de unos fantoches con ganas de convertirse en ricos sin merecerlo (ejemplo Interbolsa), o políticos que se las dan de estadistas cuando sólo resultan ser cuasi-narcotraficantes o prohombres dignos de imitarse según jefes de bandas criminales, o malditos delincuentes que engañan a incautos con “llamadas telefónicas millonarias” para robarles vilmente, o sofisticadas ratas que son capaces de drogar a una persona con escopolamina para hacerle fechorías si inmutarse como si no tuvieran alma, o empleados de quinta que hacen mal su trabajo como si no entendieran que hacerlo mal es robar a la empresa que les da de comer. Escorias.

Claro, en todos los países hay basura. Pero en Colombia abunda. Tal vez seamos el país con más densidad de esta basura por kilómetro cuadrado.

Incluso exportamos nuestra basura. El “paseo millonario” -cuando el taxista roba a los pasajeros- ya es bastante conocido en Panamá, Venezuela, Ecuador, Perú, Argentina y México. Claro, por cuenta de asquerosas sabandijas que desgraciadamente tenemos como compatriotas y que viajan a aquellos países a hacerle daño a los demás. Sabandijas que nos avergüenzan y hacen que mostrar nuestro pasaporte o decir nuestra nacionalidad sea motivo de tensión y no de orgullo como debería ser.

Y sin embargo quiero a Colombia. Total, no es que sea muy fácil irse a residir a otro país. Toca quererla.

Este también es un país  donde se encuentra gente noble (por ejemplo, muchos pastusos que he conocido). Y gente ingeniosa. Y gente inteligente. Y buenos deportistas que son resaltados en la prensa internacional a pesar de que probablemente han tenido que vencer adversidades en sus inicios.

Y gente talentosa. Y gente que quiere hacer las cosas bien. Y, aunque cueste creerlo, políticos 100% honestos (pocos, pero los hay) que creen que la política es servir a la gente aunque no les falte su dosis de ego como a todos los mortales. Y alguna gente bondadosa que es capaz de ayudar a un extraño en dificultades sin esperar nada a cambio y que se sienten felices cuando se dan cuenta que su ayuda resulta verdaderamente útil para los demás. Y el empleado que hace un genuino esfuerzo por prestar un buen servicio y estar un paso más allá de la mediocridad. O el estudiante que realmente estudia porque quiere aprender, porque quiere saber, porque quiere huirle a la ignorancia y no para obtener el “cartón” para luego salir a ser un fantoche mediocre cuyas armas de triunfo serán la lagartería, el amiguismo y el colombiano arte de aprovechar todas las “papayas” que los demás le den.

Soy colombiano.  Y quiero a mi país.  A veces.